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  1. Lo+Positivo 33, primavera de 2006
  2. Al Detalle

Resistiendo a mitología de la representatividad

al detalle

El filósofo francés Michel Foucault dejó escrito que no hay mejor forma de eliminar a alguien, especialmente a todo un grupo, que sustituyéndolo por medio de la representación, o sea, hablando en su nombre. «Estoy aquí para traer la voz de l@s que no tienen voz», se oye repetir como un mantra en congresos y encuentros varios. Si no tienen voz, ¿cómo puede traerse? Si la tienen, ¿por qué no se han puesto los medios para que la expresen por sí mism@s?

Digamos que queremos averiguar qué quieren las personas con VIH que viven en España, para luego defenderlo públicamente. Tarea imposible por definición: según datos del Plan Nacional del SIDA, más de 30.000 personas en nuestro país no saben que viven con VIH. ¿Cómo vamos a solicitar opinión a personas definidas a partir de una condición que tanto ellas como nosotr@s desconocemos que tengan?

Aceptemos esta limitación, y reduzcamos el espectro a quienes sí saben que viven con VIH. ¿Dónde l@s podemos encontrar? Una parte de las personas con VIH que son conscientes de su estatus no hacen seguimiento médico, por lo que estarían fuera. Si nos quedáramos con quienes sí visitan el hospital, tenemos un grupo más o menos cerrado. Pero, ¿alguien ha visto urnas en los centros de salud para votar a quién o qué se desea? ¿Siquiera encuestas exhaustivas, periódicas, confidenciales?

Nos quedarían, benditas sean, las ONG. La proporción de personas con VIH que utilizan los servicios de las entidades sin ánimo de lucro sobre el total es más bien escasa, por no decir pequeñita, lo que no es demérito para su valor añadido. Sólo ciertas ONG, además, cuentan con mecanismos de participación de l@s usuari@s y usuarias en los procesos de toma de decisión; el resto, no se digna. Lo que nos lleva a la reflexión sobre cómo se crean y dirigen estas organizaciones.

En España para crear una asociación sólo se necesitan tres personas. Para montar otra asociación, otras tres personas, que pueden ser las mismas que en el caso anterior. La tercera, ídem de lienzo. Y así, hasta decir basta. Los mismos tres nombres con sus correspondientes DNI, pueden servir para “Seropositiv@s sin fronteras”, “Astrólog@s del VIH”, “Positiv@s rurales”, y “Acabemos ya con esta farsa”, y de este modo ad nauseam. No es una hipótesis, ocurre en la realidad: identificas a tres personas, y solas poseen varias entidades, cada una con su sello y membrete, con la ventaja además de que pueden formar una coalición entre ellas. También ocurre lo contrario, que una sola ONG pueda tener un gran tamaño y/o impacto. Eso no es relevante, porque al final las contamos todas por igual. Si eso es aceptable (reconozco que puede ser estratégicamente útil, dadas las circunstancias), ¿no es falaz hablar de representación?

El fundamento del lenguaje político de las democracias parlamentarias se basa en la idea de la representatividad. Si no representas a otro u otra, no eres nadie, cariño. Así que organizamos un artilugio sobre el principio de autoridad: lo que yo digo vale no porque esté bien argumentado, sino porque represento, y por ende estoy legitimado (otro término abusado hasta la saciedad). Ya decía Lenin, que de esto sabía mucho, que lo importante era crear aparato.

En realidad, cuando alguien ocupa el espacio público reclamando la representatividad del VIH, lo hace con un andamiaje muy frágil basado en las opiniones, apetencias o inquietudes de quienes l@ rodean. Lejos de ese espacio se sitúa, en la periferia política, una muchedumbre solitaria, por utilizar el término clásico de David Riessman, que no comprende las reglas del juego ni una puesta en escena en la que no tiene ningún papel a desempeñar. Personas desorientadas, vulnerables al poder, incluido el poder de quienes dicen representarl@ s.

El efecto más perverso de esta situación se da en la desaparición de cualquier debate de ideas (¿para qué, si la parte que representa establece el pensamiento del todo? Si se le critica –un principio básico del control democrático del poder- te dicen, sin que sea demostrable, que criticas a todos y todas que son igual que él o ella. Es un chantaje político perfecto que ayuda a perpetuar los espacios de dominación y las desigualdades internas dentro de la comunidad del VIH, muy en concreto de las que tienen que ver con las clases sociales. Actuamos como si entre nosotr@s no existieran diferencias económicas palmarias, o culturas de exclusión de grupos cuyos estilos de vida se consideran inapropiados.

En vez de pretender representar a personas, asumiendo deseos, habría que apostar por la representación de valores, abordando necesidades. Representar valores como la justicia, la igualdad, la equidad, la autonomía, la cohesión o la solidaridad. Para escapar a la trampa mitológica de la representación política de l@s seropositiv@ s (¿quién representaría a las personas en riesgo de adquirir el VIH?, ¿cómo las definimos?), con una base tan endeble, y construir el imaginario comunitario del VIH desde la práctica de un modelo social y político alternativo.

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