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  1. Lo+Positivo 27, invierno 2003-2004
  2. Opinión

Diatriba de dolor por un hermano que muere

la cara culta

 

En la fotografía de la portada extraída del álbum personal, Fernando Vallejo abraza por detrás a su hermano Darío cuando ambos apenas superan unos pocos años de edad. Fernando mira a la cámara de su tío Argemiro con la misma expresión descreída que conservará toda su vida. La misma con la que, claramente endurecida, apenas contenida en su rabia, posa en la foto interior del libro, donde Fernando supera aunque no lo confiese la cincuentena. Darío se muestra en cambio apenas un bebé partidario ya de disfrutar de las cosas tal como son, encantado con la imagen que le devuelve la lente, ignorante por elección. 

Fernando Vallejo, escritor colombiano nacido en Medellín que vive en México, narra en El desbarrancadero (Alfagura, 2001) con fruición no morbosa sino ofuscada, la implacable agonía de su hermano Darío enfermo de SIDA en los años en que las enfermedades oportunistas eran una lista inacabable de misteriosos términos latinos y sus remedios una lucha desesperanzada contra la fatalidad. Y lo hace con una furia tal, un torrente tan descarnado, que nadie se salva, ni mujeres, ni hombres, ni negros, ni blancos, ni la Iglesia, ni los políticos, ni Medellín ni México. Todos reciben su grito culpabilizador, todos son objeto de una diatriba profundamente adolorida que no admite mesura, que se rebela contra la contención, que sólo se reconoce en el exceso. 

Fernando y Darío compartieron muchachos, aguardiente y marihuana después de salir milagrosamente indemnes de una monstruosa familia de 20 hermanos tiranizada por una madre casi inmóvil por voluntad propia y un padre fantasma que se sujeta absurdamente a la vida. En medio de la locura desbarrancada de esta prole trasunto de su Colombia natal, del microscopio infecto del Medellín tomado por el narcotráfico y los sicarios, buena muestra del planeta desquiciado que habitamos, Darío y Fernando recorren a salto de mata trayectos temporales maltrechos por la desidia y sólo vivificados por el recuerdo del sexo. 

Yendo más allá de La Virgen de los Sicarios (Alfaguara, 1994), donde la erótica y la ternura surgían con una sencillez pasmosa de la violencia gratuita y asesina, Vallejo amasa elementos autobiográficos con el delirio real que le circunda para lanzarnos su esputo más putrefacto, advirtiéndonos de que esa mezcla viscosa que tanto nos repugna no es más que el resultado de aspirar y masticar todo lo que le rodea, todo lo que nos rodea. 

  

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