No hay cambio que valga


J. de Mart

No han sido pocas las veces que, entre los sueños que uno realiza despierto, he empezado a pensar en aquello de «si pudiera retroceder el tiempo…».

Me imagino que tod@s o gran parte de l@s que estéis leyendo ahora este humilde escrito os habréis parado a pensar en este vano y utópico sueño, pues es uno de aquellos pensamientos que van ligados al ser humano y que dimanan habitualmente del arrepentimiento, de la impotencia, entre otros sentimientos.

Pues nada, yo después de mucho meditar, cavilar, y como no, soñar, he llegado a una real y personal convicción: «No cambio mi pasado». Seguro que algun@s pensaréis: «¡Qué sabrá de la vida éste…!».

Y ante esto no me queda más que aclarar, que el que suscribe, ya lleva trecho y, más por desgracia que gracia, todavía le quedan ocho años para poder salir en libertad.

Aun teniendo un pasado tan maltrecho, un presente tan restrictivo y represivo y un futuro tan incierto, sigo con la mía: mi pasado, no lo cambio, y no voy a relacionarlo con aquel famoso dicho de «que me quiten lo bailao»; mi pensamiento es más profundo.

Si cambiara mi pasado, no sería quien soy ahora. ¡Sería otro!; tal vez en mejor situación, tal vez en peor, pero no sería el mismo que ahora estoy aquí escribiendo en una nauseabunda celda de 10m2: ¡sería otro!
No sería yo, y compañer@s, con todos mis defectos y mis escasas virtudes, con tanto tratamiento y tanto bichito rondando (para no entrar en tecnicismos), con tanto muro gris que me entristece cada mañana el rostro y la lejanía de aquell@s a l@s que quiero, ahora estoy contento con quien y como soy. ¿O acaso sirve de algo el sollozo y el lamento?

Hay víctimas y victimismo, y el hecho de que tal vez seas una víctima, no conlleva la obligación de que existas, vivas y te sientas como una víctima, pues no hay victimismo que no se presente asido de la mano junto a la pena y la depresión, y ésta es la que mortifica tu alma, y con ello, tu cuerpo y tu corazón.

¿Somos enferm@s? Tal vez sí. Probablemente sí. ¡Sí! Lo somos. ¿Y qué? ¿Acaso debe un@ fustigarse por su pasado o por su presente?

¡Vivamos! Vivamos con lo que tenemos y disfrutemos de esta caprichosa y fugaz vida. Cada segundo como si fuera el último, cada suspiro como si fuera el primero. Debemos ser realistas, asumir nuestro presente y no dejar de luchar.

¡Dejar de llorar y de lamentarnos! La vida, incluso sin libertad, no deja de ser vida y experiencia, y así debemos verlo, pues el día que superemos el victimismo, a su vez, empezarán a decaer conjuntamente todos los prejuicios y etiquetas que ponen las masas ignorantes a aquellos que estamos en situaciones enmarañadas.

Barcelona, 10 julio de 2006