Geriátricos para personas con VIH: ¿realidad o ficción?


Víctor M. López

El avance que han experimentado los antirretrovirales de última generación, con mejores resultados y menos efectos secundarios, hace posible que las personas con VIH alcancen edades avanzadas en óptimas condiciones de salud. Sin embargo, ¿están las residencias y los Servicios Sociales preparados para responder a las necesidades de estos nuevos usuarios, aun cuando la sociedad les rehúye todavía por el estigma social que causa esta enfermedad?
Imagen: Geriátricos para personas con VIH
Carlos acaba de cumplir de 70 años. Siempre se ha considerado autosuficiente, pero admite que la salud comienza a jugarle malas pasadas. “Cuestiones de la edad —reconoce—, pero no como consecuencia del VIH”. Se lo detectaron hace ya 30 años, aproximadamente, si bien el hecho de seguir a rajatabla el tratamiento que desde entonces le impuso su médico, le ha permitido frenar el avance del virus. Su pareja falleció hace dos años. Siempre pensó que él moriría antes, aunque lo cierto es que ha podido llegar a “viejo” en unas condiciones más o menos estables. Pero la edad empieza a pesarle. No tiene hijos que le cuiden, ni ningún otro familiar cercano que pueda ayudarle en su cada vez más creciente situación de dependencia. Ha asumido que necesita la ayuda de profesionales porque, entre otros aspectos, le preocupa que su mente le falle y se olvide de tomar la medicación. Un descuido que podría costarle muy caro.

Alberto López Rocha es presidente de la Sociedad Española de Médicos de Residencias (SEMER). Esta asociación, en concreto, se ha convertido en un referente en nuestro país por el intenso trabajo que, desde hace años, realiza para profundizar en las claves de la sexualidad en el anciano y analizar las nuevas necesidades que muestran los mayores homosexuales o los que viven con VIH. Para López Rocha, no hay duda: “La expectativa de vida entre las personas con VIH ha mejorado” y, por tanto, al igual que sucede con el caso de Carlos y con el de otros muchos, estarán en condiciones de acceder a los mismos servicios sociosanitarios que se ponen a disposición del resto de la población. “No resulta necesario crear un espacio específico para personas con VIH –precisa el presidente de SEMER–, lo fundamental radica en tener presente la existencia del virus a estas edades, tanto en su cronicidad como en su fase primaria, y conocer los síntomas que produce, con el fin de que no pasen desapercibidos al coincidir con otros procesos orgánicos derivados del propio envejecimiento”.

Sin embargo, López Rocha va más allá y advierte de que no debemos centrarnos de manera exclusiva en aquellos que, en la actualidad, ya viven con VIH. “También se puede contraer el virus a estas edades porque, en muchos casos, se carece de educación sexual”, subraya. Parece ser, según apunta este experto, que en el colectivo de gente mayor empieza a arraigar la creencia de que, “para lo que me queda de vida, si adquiero el virus, posiblemente moriré de otra cosa antes de que pueda llegar a desarrollar la enfermedad”. Craso error.
Desafortunadamente, y volviendo al ejemplo de Carlos, a pesar de los avances que se han producido, existen geriátricos que prefieren no saber nada de las personas que viven con VIH. “En ocasiones, tenemos dificultades para derivar a las personas mayores con VIH a residencias clásicas”, denuncia la Coordinadora Estatal de VIH-Sida (CESIDA).

De hecho, no sufrir esta infección se enumera como uno de los principales requisitos de acceso para ingresar en un geriátrico. Incluso, en algunos reglamentos regionales se señala, sin precisar nada al respecto, que aquellos mayores que deseen entrar en un centro público no deben padecer enfermedades infectocontagiosas, “un tipo de discriminación que se ha quedado obsoleta, ya que las posibles consecuencias de tener VIH nada tienen que ver con otro tipo de afecciones más agudas”, apunta Marina Hernández Leal, directora del Centro Clínico Geriátrico Pinar de Aravaca, en la Comunidad de Madrid, y miembro del Comité de Calidad Sociosanitaria de la Sociedad Española para la Calidad.

Por tanto, para esta experta con gran recorrido en cuestiones sanitarias, si queremos mejorar la atención de este colectivo, el primer paso se tiene que producir en el terreno de las leyes.

“Hace poco, me contaron el caso de una persona mayor con VIH que vivía sola en su domicilio. Su familia le había discriminado por tener VIH y, junto al rechazo de sus más allegados, se enfrentaba al hecho de que los auxiliares del servicio de ayuda a domicilio no querían atenderle por miedo a una posible transmisión del virus”, narra Hernández Leal. Por desgracia, este temor, errático a todas luces, pervive entre muchos de los trabajadores de los Servicios Sociales quienes parecen desconocer que la transmisión se produce a través del contacto directo de algunos fluidos orgánicos. “Tenemos que trabajar para profesionalizar el sector y fomentar el conocimiento de esta enfermedad”, sentencia la directora de la residencia Pinar de Aravaca. Ella, según admite, ya lo está haciendo pero, sin duda, la sociedad necesita más gente con su vocación y espíritu de lucha.

Residentes con VIH

Gracias al esfuerzo de algunos, para Carlos, hoy por hoy, también hay buenas noticias, puesto que existen centros de atención a mayores que ya han superado el estigma social que persiste contra el VIH.El Grupo AMMA, con más de una treintena de residencias repartidas por toda España supone un buen ejemplo de ello. “Hemos tenido y tenemos, en la actualidad, residentes con VIH conviviendo con nosotros que hacen vida normal y que participan, junto con el resto de usuarios, en las actividades cotidianas del centro”, reconocen portavoces de este operador geriátrico. Lógicamente, igual que sucede con otros casos de enfermedades infectocontagiosas, se exigen normas específicas de control.
Un protocolo en el que, sobre todo, se concede especial importancia a las medidas de prevención del residente y de su entorno, a las relacionadas con la higiene del material sanitario y a aquellas normas que implican la correcta manipulación de residuos potencialmente infecciosos. Por ello, en el caso de AMMA, sus responsables no estiman conveniente que existan módulos de atención específicos para personas con VIH, como sucede con los enfermos de Alzheimer, sino que deben convivir en habitaciones normales”, señalan las mismas fuentes.

Es más, aunque un residente con VIH comparta estancia con otro usuario que no lo es, ni siquiera se debe informar a este último de la enfermedad de su compañero. Según recuerda Ismael José Estevan, subdirector del Área de Atención a la Dependencia de la Fundación Salud y Comunidad (FSC) —una organización sin ánimo de lucro con más de 25 años de experiencia—, ni en este caso, ni en otro, se puede facilitar ningún antecedente médico a nadie ajeno y no autorizado por el propio residente en cumplimiento de la Ley Orgánica de Protección de Datos (LOPD). “Esta información, por cuestiones obvias, únicamente se facilita al personal sanitario y, en casos muy concretos, al departamento de los servicios generales”, añade este experto.

Parece, por tanto, que la respuesta que planteaba al inicio de este reportaje podría llegar a ser afirmativa, si bien no a corto plazo, pues todavía hay camino por recorrer. Antes de aconsejar y, sobre todo, de establecer e implantar protocolos de actuación específicos, resulta fundamental fomentar el conocimiento sobre el VIH, y en España, precisamente, faltan estudios que aborden este tipo de cuestiones. Quizá, como sucede en otros casos, cuando aquellos que autorizan las subvenciones para investigar sobre VIH/sida vivan esta realidad con algún familiar cercano o ellos mismos, se lo planteen y pongan en marcha análisis de estas características. Sinceramente, por Carlos y por otros muchos, deseo que no tengamos que esperar que eso ocurra.

Hacia una correcta catalogación del VIH


La sociedad civil lleva desde hace mucho tiempo reivindicado un cambio en la denominación del VIH/sida, de enfermedad infectocontagiosa a infectotransmisible. A diferencia de otras enfermedades infecciosas que se transmiten de forma pasiva (por ejemplo, mediante el aire o el contacto casual), las vías de transmisión del VIH requieren un contacto mucho más estrecho, como el sexual o el sanguíneo.

No se trata de un mero problema lingüístico. Lo que está en juego es el acceso de las personas con VIH a numerosos servicios y recursos sociales (residencias de la tercera edad, oposiciones del Estado, pisos de acogida y un largo etcétera), puesto que la actual denominación permite una interpretación restrictiva y excluyente.

Más información:

  • La Sociedad Española de Médicos de Residencias (www.semer.es) conduce un Máster de Gestión y Asistencia Sociosanitaria de Ancianos en Centros Geriátricos y Domiciliaria. Una buena oportunidad para plantear este tipo de cuestiones y avanzar en la calidad de vida de los mayores con VIH.
  • La Fundación Salud y Comunidad (www.fsyc.org) celebró un monográfico sobre las medidas preventivas a tener en cuenta en usuarios de residencias con VIH. Esta organización demuestra así que “la información y la formación bien elaborada constituyen un potente aliado para evitar los casos de discriminación”, señala Ismael José Estevan.