Haciendo las cosas bien, todo se puede conseguir


Marc Serena

“Hoy he presentado la preinscripción; después, los estudios son de un año más las prácticas”. Quiere estudiar y así poder encontrar un empleo, aunque sea a media jornada. Después de poco más de un año en una casa de acogida, le llega su oportunidad para, por fin, tener una vida mejor.

Foto: AnaLO+POSITIVO [LMP]: ¿Lista para salir de la casa?
Ana [A]: Pues sí, ya he completado mi tratamiento en cuanto a salud y reinserción. He conseguido recuperar la relación con mi familia y mi autoestima. ¡Me encuentro perfectamente! En este momento, necesito un trabajo para poder vivir fuera del piso.

LMP: ¿Has recuperado a tu familia?
A: Sí, mi relación familiar estaba muy mal. Mi hija no me hablaba, tenía problemas con mis padres… Esto me hacía sentir fatal. Ahora, he recuperado la relación, ya vuelvo a tener confianza. Tengo también una nieta y la quiero muchísimo. Antes de entrar aquí llevaba tres meses ingresada, pero tenía claro que yo quería continuar. Me han ayudado a conseguirlo, me he sentido muy arropada. Haciendo las cosas bien, todo se puede lograr.

LMP: ¿Habías estado en algún otro piso antes?
A: Sí, había estado en un piso para personas con drogodependencia, en una comunidad terapéutica. Pero no me sirvió, porque el día en que salí volví a consumir. Allí solo te enseñaban a trabajar todo el día, a limpiar. Éramos unos 30 y la convivencia era muy difícil. No teníamos libertad. Necesitaba otra cosa.

LMP: ¿Y ahora?
A: Aquí podemos salir o, por ejemplo, ver la televisión. Allí no se podía ver todos los días. Aunque hace unos años, quizá ha cambiado. Aquí estoy a gusto. Casi que ni me iría, porque no tengo prisa. Pero sé que hay personas que ya lo necesitan más que yo.

LMP: ¿La convivencia ha sido fácil?
A: Hombre, sí que es cierto que el baño a veces está muy a tope y que hemos tenido nuestros roces. Pero es lo mismo que si vives en familia. He compartido siempre habitación, ahora con Sílvia, y muy bien. Preferiría tener mi cuarto propio, pero la soledad también me incomoda. Me gusta porque siempre puedes hablar con alguien y compartir tus cosas. O si quieres ver una película, lo haces con gente. Pero si los chicos quieren ver fútbol, pues fútbol.

LMP: ¿Por qué entraste en la casa?
A: Venía de una situación dura muy prolongada. Me casé con 16 años recién cumplidos y tuve una hija. El matrimonio duró muy poco y me metí en las drogas. Entré cuando pasaba el peor momento: estaba ingresada en un hospital, había perdido a mi familia y no tenía ni esperanza ni fuerza para seguir adelante. Quería morirme. Pero allí hablé con el psiquiatra y la asistenta social. Me di cuenta de que la muerte no era la solución.

LMP: ¿Qué viste?
A: Que quitarme la vida era ser cobarde por no querer asumir lo que padecía. Me iba a perder la niñez de mi nieta, a mi hija y mis padres. Además, no quería hacer sufrir a nadie más. Tampoco a mí misma. Vi que tenía que continuar y me metí en la cabeza que debía salir del hospital. Mis padres me vinieron a visitar y empecé a ver la luz.

LMP: Entonces te hablaron del piso…
A: Exacto, nos reunimos con ellos y, al cabo de una semana, me dijeron que estaba aceptada. Ingresé y fui avanzando. He ido a mejor.

LMP: ¿Qué papel ha jugado en todo eso el VIH?
A: A mí me lo diagnosticaron en 1986. Entonces fue un palo, porque no había nada de información y la gente se moría como moscas. Mis amigos para salir de fiesta están muertos o por sobredosis o por VIH, queda muy poca gente.

LMP: ¿Y la familia?
A: Mis padres también se pensaban que les infectaría y me marcaron los cubiertos, la ropa… Pero eso ha ido cambiando, y ahora, con los antirretrovirales, tengo la carga viral indetectable y me encuentro bien. Tuve otra pareja y se lo dije, y nunca me rechazó por esto.

LMP: ¿O sea que todo bien?
A: Aún no lo voy diciendo a los cuatro vientos porque todavía es un tema tabú. El rechazo persiste, especialmente en el mundo laboral. Es triste, porque hay mucha más información.