La generación perdida


Hace 25 años. Hace un cuarto de siglo que vivimos oficialmente con el VIH. La oficialidad la dio EE UU, no podía ser de otra manera, cuando empezó a informar de una poco conocida variedad de neumonía que estaba acabando con la vida de hombres gays en el país. Ahora sabemos que el VIH ya llevaba años en Occidente y décadas en África, donde es muy probable que surgiera como una transposición de un virus de los primates no humanos.

Al principio se habló de las cuatro «haches»: heroinómanos, homosexuales, hemofílicos y haitianos. Cada una de las cuatro condiciones, que encerraban su propia connotación de condena moral en el imaginario social (la búsqueda autodestructiva del placer, la perversión corporal, el defecto genético hereditario y el extranjero exótico y amenazante), ha tenido su propio recorrido. Encerrados en el círculo de la confusión por la otorgada identidad de víctima inocente, los hombres hemofílicos no han sido visibles en el VIH. Las nuevas técnicas de selección genética, que pueden convertir en historia la hemofilia, al menos en los países con recursos, aumentan todavía más la sensación de soledad y enajenación.

Los haitianos han dejado de ser la excepción extranjera, porque la construcción social de la imagen del inmigrante portador de enfermedades infecciosas se ha extendido a todos los procedentes de países en desarrollo, y ahora Haití sólo nos suena como la mitad de una isla en permanente guerra civil donde España ha tenido tropas destacas hasta hace poco.

Los hombres gays de este país viven en la contradicción entre la igualdad de derechos, si se opta por la normalidad, y el ostracismo político, si se prefieren formas alternativas de relaciones sexoafectivas. La visibilidad mediática del movimiento de gays y lesbianas se ocupa del VIH de forma oportunista, con un discurso paternal entre autoritario y compasivo, cuya evanescencia la testimonian quienes son prueba viviente de una época de histeria y desesperación.

Sin menoscabar otras verdades, la generación perdida española de los ochenta es la de l@s usuari@s de heroína, una droga que estuvo presente hasta niveles hoy día inimaginables en nuestros barrios, calles y plazas. Una sociedad que no afrontó (ni ha afrontado) el daño emocional provocado por la larga pesadilla del franquismo católico, se encontró casi sin darse cuenta con decenas de miles de jóvenes consumiendo una sustancia ilegal, estigmatizada, asociada al crimen y a la degradación personal y familiar.

El Estado tardó mucho en reaccionar, y alguien debería pedirle cuentas por ese fracaso histórico. La mayoría de es@s jóvenes murieron, por SIDA o por sobredosis, en nuestros portales o en los descampados (y aún hoy sucede). Una minoría sobrevivió, con importantes desafíos sociales, personales y de salud, a los que sólo tímidamente se ha dado alguna, escasa, respuesta. En este número escucharéis a cuatro supervivientes. Tenemos que hacer todo lo posible para que sigan dignamente entre nosotr@s, por un básico sentido de la solidaridad y como muestra de que hemos aprendido algo. Si es que es así.