La construcción social del estigma


Gonzalo Mazuela

El estigma es un atributo profundamente desacreditador. Los griegos lo utilizaban en forma de tatuaje o marca en el cuerpo para señalar –bien como pena infamante o como signo de esclavitud– a las personas que habían cometido algún crimen o delito. Hoy en día, este concepto tiene que ver con una identidad social subvalorada, en el que un grupo minoritario posee –o se cree que poseen– una serie de atributos o características que expresan una identidad social devaluada. El estigma varía en función del contexto social.

Al hacer una revisión sobre el adjetivo minoritario encontramos que, según el Diccionario de la Real Academia Española, este concepto se refiere principalmente a aquello que está en minoría numérica. En un entorno social determinado, un grupo minoritario sería un conjunto de personas que poseen alguna característica que no es compartida por la mayor parte de la población. Es decir, implica que el número de individuos con esa cualidad sea menor al de personas que no la poseen. Algunos ejemplos de grupos minoritarios en muchas sociedades podrían ser l@s homosexuales, l@s usuari@s de drogas intravenosas o las personas que viven con VIH.
Imagen: Comic, construcción social del estigma
Ilustración de Rubén Sáez.

En las ciencias sociales, las minorías son estudiadas en tanto que sus miembros piensan, sienten, se comportan o son definidos o tratados por l@s demás de manera diferente a la mayoría, y además, su pertenencia a ellos supone algún tipo de perjuicio. Para ser considerado minoritario, el grupo debe encontrarse en situación de desventaja en cuanto a poder, prestigio o incluso nivel económico.

Otras razones para situar a ciertos grupos en tales posiciones de inferioridad son de tipo normativo, es decir, no se les considera como representantes legítimos de las normas sociales, o en otras palabras, no son tomados en cuenta como un patrón de conducta a seguir.

Se trata de grupos que en algún aspecto se desvían de las normas que implícita o explícitamente establece la mayoría que está en el poder, o lo que es deseado o valorado por ella. Un claro ejemplo de lo anterior son l@s homosexuales, que son considerad@s todavía en muchas sociedades como un colectivo con una conducta sexual que atenta contra la moral de una mayoría.

Hay otros rasgos que no dependen de las decisiones personales de cada individuo de pertenecer o no a las minorías, sino que nacen con ellas (por ejemplo, el sexo) o bien por otras circunstancias (características físicas, discapacidades o enfermedades). Aunque el límite entre ambas puede ser en ocasiones difuso, en estos casos, se ha relacionado tradicionalmente la posesión del rasgo en cuestión (ser mujer o estar infectad@ con VIH) a ciertos estereotipos negativos (las mujeres no son lo suficientemente fuertes para trabajar, las personas con VIH son pervertidas y viciosas). Posteriormente se ha justificado el tratamiento discriminatorio hacia estos grupos y se les trata así porque poseen unas determinadas características negativas.

La pertenencia a un grupo

¿Qué hace que una persona sienta que pertenece a un determinado grupo social? En ocasiones, se debe al funcionamiento del propio colectivo que lleva a que sus miembros se identifiquen con él, le den un nombre y se comporten según las normas establecidas en el grupo, que guían la relación entre ellos y con otros. Otras veces la cohesión y la estructura interna de un grupo, puede darse a raíz de ser considerados diferentes: mujeres, homosexuales, personas con VIH se han unido y han tomado conciencia de sí mism@s como grupo con el objetivo de luchar contra la discriminación a la que se han visto sometid@s.

Resulta importante para identificar a una minoría, la percepción de la existencia de unas fronteras claras que separen las creencias acerca de ell@s mism@s respecto a la mayoría. Esto permitirá en muchas ocasiones que las personas que pertenecen a estos grupos minoritarios puedan escalar o ascender de posición o estatus, para que las personas que integran estas minorías no se sientan estigmatizadas o discriminadas por su pertenencia a este grupo. En estos casos, subir de escala o posición social se haría en función de la comparación social con los miembros de su propio grupo, es decir, una persona se compara con las características más negativas que el resto de miembros de su propio grupo posee en un contexto social determinado.

Pongamos el ejemplo de una persona que, antes de que se controlara la sangre de l@s donantes para determinar si tenía anticuerpos al VIH, ha recibido una transfusión con una sangre infectada por VIH. Este sujeto podría haber sido una persona que ha tenido un accidente o podría haber sido el caso de una persona hemofílica. Por lo general, estas personas no suelen identificarse con las personas que viven con VIH por la simple relación que podría existir con el estereotipo negativo que antes mencionábamos y que está tan fuertemente arraigado en nuestra sociedad: las personas con VIH son pervertidas y viciosas (homosexuales, promiscu@s, usuari@s de drogas). Al no verse identificada con estas características, esta persona hace una comparación social con las propias personas que viven con VIH. Así se desmarca de cualquier idea que lo relacione con estos estereotipos, esto puede permitir que la persona no sienta el estigma y el resto de la sociedad no estigmatice a esta persona por el hecho de no verlo como una persona merecedora de esta enfermedad, por no verlo como un vicioso, un pervertido o un homosexual. Como consecuencia, esta persona se desmarca del estereotipo, pero en otros individuos se profundiza y arraiga aún más la idea negativa, el prejuicio respecto a las personas con VIH.

La definición del estigma

El concepto de estigma fue introducido en las ciencias sociales por Goffman (1963), quien lo ha definido como una marca, una señal, un atributo profundamente deshonroso y desacreditador que lleva a su poseedor de ser una persona normal a convertirse en alguien «manchado». En los casos más extremos de estigma, se legitima el hecho de que estas personas sean excluidas moralmente de la sociedad, de la vida social y que además producen una serie de emociones negativas en el resto de la sociedad, como el miedo o el odio.

Crocker y cols. (1998) plantean: «Los individuos estigmatizados poseen (o se cree que poseen) cierto atributo o característica que expresa una identidad social devaluada en un contexto social particular». Los autores consideran tres elementos para esta definición: en primer lugar lo importante es que la persona sienta que posee este atributo; segundo, sólo aquellas características que conduzcan a sentirse identificados negativamente respecto al resto de la sociedad pueden ser consideradas estigmatizadoras; por último, tanto los atributos como las pertenencias sociales devaluadas son socialmente construidos y culturalmente relativos, es decir, varían en función de cada cultura o sociedad. En resumen, para Crocker y cols. (1998), «el problema del estigma no reside en el atributo estigmatizador ni en la persona que lo posee, sino en la desafortunada circunstancia de poseer un atributo que, en un contexto social dado, conduce a la devaluación».

Link y Phelan (2001) inciden más sobre la diferencia entre «poseer» un atributo y que éste sea «aplicado» por quien estigmatiza. Afirman: «El estigma existe cuando los elementos de etiquetaje (asignación de categorías sociales a los individuos), estereotipia (las diferentes etiquetas son relacionadas a estereotipos), separación (ell@s-nosotr@s), pérdida de status y discriminación, ocurren conjuntamente en una situación de poder que lo permite». También, por tanto, es necesario gozar de poder para estigmatizar a un grupo social.

El estigma es una marca que implica que en el momento que una persona tiene esa marca o señal, automáticamente la relacionamos con una serie de disposiciones personales negativas: una persona con SIDA es una persona que ha llevado una mala vida.

El estigma hace en la persona que la sociedad lo considere como una persona ilegítima ¿Por qué? Porque no cuenta con habilidades para entrar en la vida y las relaciones sociales, porque su conducta puede ser impredecible (son rar@s, son extrañ@s); y además, porque su conducta la percibimos como si fuese una amenaza para el resto de la sociedad, por ejemplo, la idea de que el SIDA es una enfermedad contagiosa y no transmisible: el SIDA es percibido como una enfermedad altamente contagiosa y por ello produce miedo y rechazo en el resto de la sociedad.

El estigma se produce porque una persona pertenece a un grupo determinado (el grupo de homosexuales, el de usuari@s de drogas, el de personas con SIDA) y automáticamente esas personas son devaluadas en situaciones concretas. Es decir, no siempre los estigmas tienen que producir discriminación o exclusión en todo tipo de situaciones.

Referencias:
Crocker, J., Major, B., y Steele, C. (1998). Social Stigma. En D.T. Gilbert, S.T Fiske y G. Lindzey (Eds.): The Handbook of social psychology (4ª edición, pp. 504-553). New York: McGraw-Hill.
Goffman, E. (1963). Estigma: la identidad deteriorada. Buenos Aires, Amorrortu Editores.
García, M.C. (2006). El prejuicio y su relación con el proceso de aculturación de los inmigrantes magrebíes. Tesis Doctoral, Universidad de Almería.
Link, B.G., y Phelan, J.C. (2001). Conceptualizing stigma. Annual Review of Sociology, 27, 363-385.