Colm Tóibín: el SIDA como enseñanza moral


Montse Tafalla

 

Escritor y ensayista irlandés, Colm Tóibín pasa largas temporadas en España desde que tras licenciarse descubrió Barcelona, de la que quedó fascinado. Fruto de ese encantamiento es su Homage to Barcelona, recientemente traducido al catalán. Pero Tóibín es sobre todo el fabulador contemporáneo del SIDA entre gays y su impacto moral y social sobre nuestras formas de vida. Con un técnica cada vez más depurada, emplea a fondo y sin tapujos el valor edificante que sin duda para él ha supuesto la crisis de la pandemia.

Un canto a la solidaridad entre positivos

Crónica de la noche. Emecé.

Entra con suavidad, utilizando una narrativa bella en su sencillez, y justo cuando parece estar a punto de caer en la monotonía, abre la puerta al amor, el dolor, el miedo y la esperanza. Crónica de la noche es una novela que te gana por su ausencia de pretenciosidad y que te explica, con los atributos justos, una historia personal que acaba siendo una historia de tod@s: la de la solidaridad entre personas viviendo con VIH.

Richard Garay es un medio argentino medio inglés estrechamente vinculado a una madre instalada en su propio mundo, el de una idealizada Gran Bretaña dejada atrás hace muchos años. Ella, incapaz de entender las visiones de la vida de quienes la rodean, decide limitarse a ver pasar el tiempo que le queda hasta una plácida muerte.

Richard será un niño sin apenas amistades, con su sólito amor adolescente imposible y las desazones al sentir su orientación homosexual. Para el contexto, la Argentina de los años 80 (con el inciso temprano de una corta pero intensa visita a Barcelona), son desazones asumidas con una sorprendente facilidad, algo que podría deberse a su educación inglesa, poco dada a los apasionamientos (sólo se permitirá uno al comprar impulsivamente una casa demasiado cara, como una premonición de lo corta que puede ser la vida y cómo hay que disfrutarla). 

Es también el narrador, y por este punto de vista se entiende un cierto maniqueísmo en las situaciones que experimenta con terceros. Los amantes argentinos serán sórdidos, y sólo conocerá el amor al cruzarse con la oveja negra de una familia rancia que ha pasado una larga temporada en EE UU. También es estadounidense un matrimonio al parecer compuesto por dos benignos agentes de la CIA instalados temporalmente en Buenos Aires y que son su verdadera conexión con el mundo exterior, sobre todo ella; y lo serán una pareja gay de visita que será su choque con la realidad del SIDA y el médico que le atenderá cuando se le manifiesten los primeros síntomas. 

En cambio, los argentinos de la novela son zafios, corruptos e indiferentes ante la catástrofe que se les avecina. El protagonista cede una vez a la tentación del soborno, pero quedará tan apesadumbrado que decidirá cortar radicalmente con esa práctica. 

Tóibín, cierto, retrata esta historia de la noche bonaerense sin aspavientos, desnudándola de adjetivos, pero lo hace marcando a los personajes: el SIDA se le manifestará a Richard en el transcurso de una absurda experiencia sexual buscada por despecho amoroso y durante la cual probará por primera vez la cocaína. El autor irlandés no pude evitar fruncir el ceño, expeler un aire moral (¿o moralista?) sobre el sexo y las drogas. ¿Será la vieja educación católica de la muy católica Irlanda? El SIDA, en fin, acaba dando un sentido trágico y solidario, pero sentido al fin y al cabo, y devolviendo el amor a una vida anodina. 

Cosas que nunca te dije

El faro de Blackwater. Edhasa. 

En la contraportada de la edición española de El faro de Blackwater se reproduce una cita del rey británico de la sátira universitaria, el inigualable pero ya un poco repetitivo David Lodge, que reza: "Puede recordar a Hemingway, pero tiene más sentido del humor". Hace referencia, claro, a Tóibín, y éste su libro más celebrado. Choca esta observación de Lodge, porque en El faro de Blackwater se detectan ironías, algunas muy agudas, y se dejan deslizar sarcasmos muy amargos, pero humor, lo que se dice humor, está más bien ausente. 

Y es que la historia de los, o mejor dicho de las, Devereux, se toma a ratos un respiro, pero es fundamentalmente trágica, y por muy optimista que uno sea, poco amable. Tres generaciones de mujeres –abuela, madre e hija-, hilan una historia que el narrador ofrece desde la óptica de la más joven, aunque ya con sus propios hijos pequeños. Las tres, aunque sobre todo madre e hija, tendrán que enfrentarse a su propio pasado y a unas relaciones viciadas cuando el único varón superviviente de la estirpe –Declan, gay y promiscuo, para más señas- se les caiga literalmente encima agonizando de un SIDA en la era previa a las combinaciones. 

En esta obra, Tóibín gana en robustez literaria a costa de la ternura, y el relato de los últimos días de Declan es un devenir imparable hacia lo que parece un fatal desenlace -descrito con un pulso firme, estremecedor-, que es difícil no dar por predestinado. La frialdad casi sórdida de las relaciones entre las Devereux –una impresión agravada por una traducción al español pésima, como para que te devuelvan el dinero- sólo chirría en algún momento ante la presencia de dos amigos de Declan, antítesis uno del otro, pero gays formales emparejados al fin y al cabo y seronegativos, no como el culo perdido del benjamín de la familia. El escritor irlandés apenas esconde su mencionada visión moral del amor gay: es el libertino Declan el seroconvertido, y no sus sacrificados –en honor de su compañero enfermo- colegas, que para más heroicidad son además sus cuidadores principales, una suerte de familia sustituta, cuya presencia es fuente de tirantez con la familia digamos oficial hasta que ésta se rinde. Es más, uno de los amigos, Paul, el más entregado, como prueba de amor a un francés con un trauma bastante infantil, que más que un amante en mi opinión necesitaría un terapeuta o dos bofetadas, según se mire, busca y consigue la bendición sacramental del matrimonio en una ceremonia clandestina oficiada por un atrabiliario sacerdote: trauma solucionado. 

La crítica entendida dice que El faro de Blackwater es la obra maestra de Colm Tóbín. No cabe duda de que la fuerza, el ritmo e incluso el color de las palabras han madurado respecto a Crónica de la noche. Pero allí donde el SIDA sólo se apunta como eje redentor de una vida sin sentido, aquí surge como detonante de una catarsis entre mujeres inmaduras que sólo han sabido hacerse daño. ¿De verdad nos ha hecho falta el SIDA para darnos cuenta de tantas cosas? 



www.colmtoibin.com

Colm Tóibín cuenta con una elegante página web en internet. El sobrio color burdeos es ideal para decorar este homenaje a sí mismo que incluye biografías, reseñas, enlaces, ensayos, críticas, entrevistas en prensa, radio y televisión, la agenda de sus apariciones públicas en las próximas semanas y hasta ¡un foro especializado! Aunque algo dejada en las actualizaciones y poco precisa en algunos datos (las traducciones, por ejemplo), los incondicionales del autor irlandés experimentarán un placer indescriptible al visitarla.