Con otros ojos


 

Dice el María Moliner, el diccionario clásico del español, que espiritualidad es la calidad de espiritual. Que espiritual viene del espíritu, de lo anímico, lo psíquico, en otro sentido del alma. También se relaciona con lo inmaterial, ya que se aplica a las cosas en que predomina el espíritu sobre el aspecto material y a las personas de espíritu sensible y cultivado. En otro contexto más religioso, espiritual se opone a temporal, es decir es lo que perdura por encima de lo caduco, incluido el cuerpo. 

Dicen l@s filósof@s que buscamos en parte lo espiritual como una forma de rebelarnos contra nuestra mortalidad, como una forma de negarse a desaparecer del todo, y en parte por la angustia de la soledad, ya que precisamente una religión, creencia o cosmovisión compartida nos hace sentirnos acompañad@s. 

Mortalidad y soledad han sido dos fenómenos muy asociados con el VIH/SIDA. Tal vez por ello no nos debería extrañar que lo espiritual haya pasado a un primer plano para muchas personas que viven con la infección, sus allegad@s y quienes hemos experimentado dolor y pérdida. 

Podría ser algo que tenga que ver con ciertos cambios que se producen cuando entra en la vida de una persona la idea de que ésta no es un bien universal indestructible. Un diagnóstico que sea potencialmente amenazante para la vida obliga a la persona a mirar esa misma vida con otros ojos y muchas veces se trasciende la cotidianeidad y se buscan explicaciones que nos conducen a valorar otros aspectos de cómo vivimos que sin esa amenaza no tenemos tantas oportunidades de sacar a la luz. Es posible que esto pase con mayor frecuencia en situaciones ante las que la medicina no tiene muchas soluciones: la vuelta a la espiritualidad acaece más a menudo al inicio de una epidemia como la del VIH/SIDA y también en regiones donde las opciones de tratamiento son menores. De alguna manera parece la vieja dicotomía occidental interior/exterior, como si no pudieran (debieran) funcionar ambos al mismo tiempo de manera complementaria. Como si la defensa de lo temporal (la esperanza y la calidad de vida) fuera incompatible con la de la opción a lo espiritual. 

Cierto es que no todo el mundo siente por igual, y quien incluso vea ese "espíritu" con cierta displicencia o abierta incredulidad, pero para no pocas personas profundizar en las dimensiones espirituales ha sido en ocasiones el único punto de apoyo ante la adversidad más feroz. Tenerlo en cuenta en nuestro diálogo cotidiano y en nuestras acciones, incluso las políticas, es una forma de integrar a todos y todas.