Mi tiempo en salas de espera


Enric Nosàs. Tanger@vodafone.es

La sala de espera es ancha, despejada, luminosa. Dos grandes ventanales se abren a un patio interior de cemento y aunque la panorámica no ofrezca grandes deleites, la entrada de luz natural logra un efecto absolutamente relajante. He padecido la misma espera en macro salas con doscientas personas sentadas en fila, bajo una luz mortecina, como de velatorio, y también en no-salas que eran meros pasillos donde l@s seropositiv@s nos apretujábamos de pie, durante horas y horas, sin una simple silla. 

 

Entra la enfermera Helena con unas hojas de papel en la mano. Mira hacia nosotr@s, la media docena de pacientes que hoy esperamos nuestra visita con el médico. Hace como que busca a alguien y observo que hace unas muecas extrañas. Durante una milésima de segundo cruzamos la mirada. Parece que no me busca a mí, ni creo que me haya reconocido. La enfermera Helena desaparece por una puerta y yo he descubierto que las muecas eran debidas al chicle: la enfermera Helena masca un chicle. 

Estoy esperando una vez más el resultado de las analíticas. ¿Cuántas veces habré ya repetido esta visita? Puede que sean quince, veinte o treinta veces. Conozco a las enfermeras, a l@s médic@s, diría que esta sala es uno de los lugares que me pertenecen. Esta vez he hecho todo bien, me digo. He tomado rigurosamente mi medicación estos últimos cinco meses. Intento recordar cuantas tomas me habré saltado: ¿una, dos, cinco, como máximo? Intento recordar en qué ocasiones. ¿Quizás justo antes de hacerme los análisis? Si así fuera, puede que esto altere mi carga viral... También pasé un buen resfriado y creo recordar que fue justo antes de la analítica. Si mis resultados no fueran tan buenos como espero, se debería seguramente a esto y no significaría nada, pues una simple gripe puede alterar las cifras. 

Vuelve a aparecer la enfermera Helena. Todos levantamos la cabeza de nuestras revistas o hacemos una pausa en nuestros pensamientos. La enfermera vuelve a repasarnos un@ a un@ al tiempo que explota una pompa de su chicle. ¿Porqué no dice un nombre?, me digo. ¿Será que cree poder reconocer a la persona sin tener que pronunciar su nombre y apellido? A las enfermeras debe de gustarles reconocer de memoria a sus pacientes, pero, ¿y si el nombre que no logra asociar con un rostro concreto es el mío?, ¿y si la enfermera ha olvidado mi cara y cree que no he venido? Voy a levantarme para decirle que estoy aquí cuando una chica con un niño en brazos se me adelanta. Pero parece que tampoco la busca a ella. La enfermera Helena vuelve a desaparecer por su puerta. 

Mis dos últimas analíticas no estuvieron mal. Diría que fueron estupendas. Mi carga viral fue todavía un poco más indetectable que la anterior. Parece un acertijo: ambas eran indetectables, pero una lo fue más que la otra. El resultado de hoy debería ser todavía más indetectable, pero claro, están estas tomas que me salté. Cinco meses de tomas suman muchas tomas. Quizás me he saltado diez, puede que quince... Mejor las calculo: un mínimo de tres olvidos, más dos o tres días que no tenía el cuerpo para las pastillas, luego un día que me pilló de sorpresa y no volví a casa hasta la tarde del día siguiente, también creo recordar que se me acabaron las pastillas y hubo un desfase de veinticuatro horas... más lo que no recuerdo. En fin, tampoco sería la primera vez que los resultados no aparecen como a mí me gustaría. El médico siempre me dice que lo importante es la tendencia, y mi tendencia es a estar cada año mejor. Claro que ha habido períodos malditos, especialmente cuando las medicaciones han dejado de hacerme efecto. Me ha ocurrido ya unas cuantas veces. 

Vuelve la enfermera Helena mascando su chicle. Esta vez no lleva ningún papel en las manos y parece que viene hacia mi zona de la sala de espera. Se me acerca, no hay duda. Empiezo a sonreírle y hago ademán de empezar a recoger mis cosas cuando la chica con el niño se levanta y le corta el paso. La enfermera Helena se detiene. La chica le pregunta algo. 

Llevo cerca de tres años tomando mi ultima medicación. Tres años es más tiempo del que me ha aguantado nunca ninguna combinación de medicamentos. No sería nada extraño que mi cuerpo hubiera creado ya resistencias, especialmente con estas veinte tomas que debo de haberme saltado. Mejor me preparo mentalmente para un mal resultado, no vayan a pillarme con la guardia baja. Me parece escuchar una voz en un extremo de la sala. Si me van a dar una mala noticia mejor estar preparado, pero espero que no, me digo, puede que me haya saltado alguna toma, pero no es menos cierto que llevo mi adhesión tan bien como puedo: si alguien puede llevarla mejor, que me lo presenten. Sigo escuchando voces en una esquina, pero yo no pierdo de vista a la enfermera Helena que de un momento a otro se librará de la chica con el niño y me llamará. Todo va a salir bien, tengo que aparecer positivo y entero delante del médico. Soy un buen paciente. Cuido mis hábitos y mi adhesión tanto como puedo. ¡Cuánto se enrolla esta chica! 

De repente, siento que alguien me toca en la espalda. Me giro, sorprendido. ¡La leche, es mi médico! Sí, sí, me estaba llamando hace rato. No, no, no le oía. Recojo mis pertrechos a toda prisa y le sigo por un pasillo. Una vez más, ha llegado la hora de la verdad.