Mientras Ismael Serrano me canta al oído

Sin defensa me abandono, huyendo hacia el más allá, hacia las góticas calles de Ciutat Vella (Barcelona), que me protegen. He sobrevivido en Escudellers, en el piso de una puta que ya no existe. Demasiado puta y demasiado vieja, el Raval ya no la quiere, la muerte rehúye mirarla, no hay sitio para ella. Pide tres euros por una felación: croissant y café con leche. Sus dientes marrones se esconden detrás de los labios rojos que, patéticamente, intentan besar clientes de antaño. Ya nadie se acuerda de ella; no es, no contribuye; pero esta Parca del gótico me ha salvado. Sin preguntar me acoge y con algo parecido a una sonrisa ofrece café, oídos y tiempo. Gracias. La he conocido hoy pero vive conmigo desde siempre, permanece oculta hasta el día de la desesperación, todos la llevamos dentro. Es lo olvidado por no poder mirarlo sin asco, sin pena; tengo miedo al conocerme pero estoy feliz porque ella me acuna en su regazo.

Las paredes están empapeladas con flores verdes, sólo tapadas por viejas fotos de gente que ya no piensa en ella. Ahora no es la Princesa del Paralelo, es una vieja que acabará en la fosa común de los rechazados, lo sabe y no llora. Las fotos ya no le molestan, no hay nostalgia, sólo le queda un leve desencanto por haber nacido sin consentimiento y haber envejecido lejos del glamour, lejos de las lentejuelas de Santa Eulàlia y de modistas de alta costura….

Pero hoy vuelve a ser codiciada. Me protege y con ello gana su vida en el recuerdo. Quería que la conocieras, ámala y te verás en ella. A través de sus grandes ojos tristes comprenderás que todos llegaremos a ser prescindibles, humillados y asesinados socialmente. Es la hermana que nadie tiene, o que se olvida de serlo… el hijo sin madre, tu voz al despedirte esta mañana… un oscuro foso en la vida que nos vuelve más humanos, más pequeñitos, más llorones… más nosotros.

Miquel Martí i Pol

Me declaro vencido. Los años que me quedan
los malviviré en penumbra. Cada mañana
deshojaré una rosa -la misma-
y con tinta evanescente escribiré un verso
débil y nostálgico en cada pétalo.
Os lego mi sombra en testamento:
es lo más perdurable y sólido que tengo,
y los cuatro palmos de mundo tranquilo
que creo cada día con la mirada.
Cuando muera, cavad un profundo hoyo
y enterradme en él de pie, frente al mediodía,
que el sol, al salir, me ciegue el fondo de los ojos.

Así la gente que me vea exclamará:

-Mirad, un muerto con la mirada viva. La cocaína dilata la pupila…

La vieja me acaricia, sus manos gruesas dibujan lenta y acompasadamente círculos con algo que parece una lágrima; la miro y me conmueve. Sus pelos en la papada, las arrugas que no le molestan, una verruga que persiste en el surco de su nariz. Ha olido siempre bien, lo sé, a pesar que la botella de Channel (ella no luce perlas ni minifalda ni bolsillos) se ha roto, sigue destilando el aroma de las buenas personas, es un olor canoso, el de su grasiento pelo, casi amarillo, excesos de laca; muchos peinados que, enamorando la burguesía catalana hizo feliz a la Barcelona de los cincuenta. Media corta en piernas peludas, bata larga de algodón y zapatillas de un todo a cien. Con esto te alberga y te descubres, no lo dudes, es lo que queda al final.

Los tangos, su sillón, los Panchos, Cadaqués y ese “María de la O, tan puta eres tú como yo” conforman su universo sin estridencias, casi sin protestas. Ella no desaparecerá aunque el señor Alzheimer sea persistente día a día… no podrá jamás acabar con su dignidad; siempre permanecerá ahí para cuando queramos conversar. Para cuando nuestros cuerpecitos humanos sin nada más que carne y algo de cerebro anhelemos un poco de amor sin contrapartidas. Alguien llamó a eso amor. Quizás Wilde en su proceso lo intentó clavar con aquello de “el amor que no osa decir su nombre”. Nosotros necesitamos tanto a la vieja del Raval como yo añoro a mi irrepetible abuela Teresa… De hecho, a menudo creo que la simbiosis entre ambas es tan evidente que alguien podría demandarme por plagio; por doble plagio: por ser un cursi como Perales y por no pagar los royalties a mis primos. No me duele el dolor si ella está cerca cantando una habanera.

Era de Figueras antes de llegar al Hotel Términus, enfrente de la estación de Francia. Fue a “servir” en casa de los señores Montcada y la vida truncó el servicio y a los susodichos señores Montcada también… cuestiones de Porcioles. Pero volvamos a la lírica. O al menos lo intentaremos…

Sola, con el álbum de fotos de momentos que ya no recordará jamás, en el vacío del alma está ella; articula palabras tristes. Llach canta ahora recordándome que nosotros hemos hecho del silencio palabras… perdón, licencia de autor (jejejeje). Versos parecidos a “Adiós, yo te he salvado de la tempestad, vuelve al puerto, yo me quedo aquí, como ayer, como mañana esperando otro náufrago”. Mientras empiezo a deambular ya la olvido para no volver jamás, pero el intento se tornará, indefectiblemente, en estéril, pretendo ignorar dónde estoy. Yo ya vivo en la Calle Escudellers, como tú, algún día lo sabrás. Y el VIH es sólo un código postal. No es el destino ni el matasellos.

Tengo 45 años, me infecté a los 28. Nunca hablo de VIH ni SIDA. Estigma absoluto. No tengo sexo sano. Saunas, cruissing… Mis parejas en estos años, todos seronegativos, no han entendido nunca, ni yo me he explicado, el miedo ante la penetración. Bueno, hoy estaba mal y necesitaba escribir mientras Ismael Serrano me canta al oído.