Salud publica y derechos fundamentales


 

A mediados de febrero Thomas Frieden, responsable de salud de la ciudad de Nueva York, daba una conferencia de prensa para anunciar el descubrimiento de una forma de VIH resistente a múltiples fármacos y muy agresiva, algo parecido a una supercepa o supervirus. Esta variante habría sido obtenida de la sangre de un hombre de 46 años que en los últimos tiempos había tenido relaciones no protegidas con múltiples parejas masculinas, habitualmente con el uso concomitante de la droga conocida como "crystal meth" o metaanfetamina.

El anuncio dio la vuelta al mundo en pocas horas, y llegó casi en tiempo real a España, abriendo un debate en el que parecía haber más interés por describir, con todo lujo de detalles morbosos, una comunidad gay irresponsable, promiscua y adicta a las drogas, que en comprender la complejidad del asunto.

A las pocas semanas del reguero de pólvora, todavía hay muchos interrogantes por resolver.

Al cierre de esta edición de LO+POSITIVO, no se habían podido establecer a ciencia cierta más casos con el mismo virus, ni el significado exacto de la denominada agresividad viral (el hombre parece estar respondiendo a un tratamiento con efavirenz y T-20), entre otros aspectos.

Lo que sí hemos podido constatar es una colisión entre una visión estrecha y hasta contraproducente de la salud pública, ya que la alarma y el miedo pueden haber servido para alejar a las personas afectadas de los centros de salud, por un lado, y los derechos fundamentales de éstas, que no por casualidad son hombres gay, por el otro.

Frieden sólo ha conseguido que a los hombres gay que ya se visitan en las clínicas se les hagan pruebas en busca del fenómeno biológico, y también a las pocas parejas que el neoyorquino pudo o quiso recordar por su nombre. ¿Están la alarma estigmatizante y el rastreo de la intimidad personal justificadas, incluso a la vista de los magros resultados conseguidos?

No parece que como medida de salud pública haya tenido mucho efecto el hacer un llamamiento a que todos los hombres que practican sexo con otros hombres de forma anónima y con el concurso de sustancias estimulantes se presenten para que se compruebe si son portadores de un supervirus multirresistente y muy agresivo.

Lo que sí ha conseguido es invocar ancestrales estereotipos homófobos y quebrar derechos individuales inalienables, además de impedir una discusión sosegada y constructiva sobre como superar los límites actuales de las actuaciones preventivas en las relaciones sexuales.