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  1. Lo+Positivo 40, verano 2008
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Acortar la brecha digital

Edito: Según datos oficiales, hoy en España más de la mitad de la población se conecta a la Red de forma habitual.

Es difícil, ahora mismo, imaginar el mundo sin internet. En el campo del VIH su aportación es incuestionable, a pesar de algunas teorías de tinte paternalista que, sobre todo al principio, profetizaban un aumento de la ansiedad y la hipocondría colectivas por la gran cantidad, variedad y distinta procedencia de la información disponible. Con el tiempo, se han visto otras cosas. El trabajo entre asociaciones de personas infectadas y afectadas por el VIH/sida ha dado pasos de gigante y se ha globalizado de una manera que antes no se podría haber concebido: trabajar en red es, hoy en día, algo habitual. Otro ejemplo del poder transformador de esta nueva tecnología es su contribución al auge de las distintas disciplinas científicas relacionadas con la infección por VIH. La difusión gratuita de los avances en el conocimiento ha impulsado la democratización del pensamiento científico.

En el plano personal, el hecho de que se pueda acceder a internet desde casa, facilitando así la privacidad, el anonimato y el control sobre el canal de comunicación, lo ha convertido en una herramienta muy útil para entablar y mantener relaciones. Millones de personas buscan cada día amigos, pareja o sexo; es decir, comunicarse. Hay riesgos, claro, pero no podemos negar que internet esté ayudando a muchas personas a salir del aislamiento. El auge de las comunidades virtuales de amigos también se está viviendo entre las personas con VIH. Es ya habitual que, desde distintos puntos de España, grupos de personas se mantengan en contacto casi a diario para conversar e incluso se organicen viajes para encontrarse físicamente, lo que en argot de la Red se conoce como quedadas. Antes, difícilmente se podía haber desafiado así la distancia.

Estos nuevos usos, sin embargo, no están en manos de todos. Muchas personas han quedado excluidas. Algunas pueden haberlo hecho voluntariamente por considerar que no lo necesitan; otras quizá ni se lo plantean porque no han tenido la posibilidad de conocerlo. Utilizar internet implica tener que aprender a manejar ordenadores y programas que van cambiando de forma constante. Implica estar al día y no todo el mundo puede.

Como resultado, en nuestras sociedades occidentales hay dos tipos de ciudadanos respecto a internet: el que puede conectarse porque tiene los medios y las habilidades, aunque sean mínimos; y el que no. La distancia entre ambos grupos, que se conoce como brecha digital, corre el riesgo de agrandarse y propiciar entre los últimos un aumento del riesgo de exclusión social. Intentar acortarla es un cometido en el que más personas e instituciones deberían trabajar.

El reportaje de este número pretende ser una pequeña contribución en este sentido. Esperamos que lo disfrutéis.


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