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  1. Lo+Positivo 39, primavera 2008
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No perderemos la esperanza

La mejora en el pronóstico y la esperanza de vida de las mujeres con VIH que reciben tratamiento antirretroviral ha propiciado un incremento del número de mujeres y parejas que deciden tener hijos.

La planificación previa del embarazo incluye explorar las diferentes opciones y técnicas para concebir y la toma de medidas necesarias que permitan proteger la salud de la madre y del bebé. Lola está viviendo actualmente todo este proceso y ha querido ofrecernos su testimonio.

Nuestro primer paso, cuando decidimos tener un bebé, fue hacernos un examen médico. Nunca me había quedado embarazada y no siempre estuve protegida, si no, no estaría infectada.

El día que recibí mi diagnóstico de VIH, lo que más me preocupó fue el hecho de no poder ser madre. Entonces, tenía otra pareja. Él me decía que no pasaba nada, que lo podíamos adoptar. En aquel momento, fui a buscar información sobre adopción y me dijeron que no era posible por nuestro estado serológico, que no sería justo para un/una niñ@ hacerle creer la ilusión de tener una familia, si luego nosotros íbamos a morir. Mi pareja me propuso que pensáramos en la alternativa de la adopción internacional. Yo no lo tenía nada claro, y no por ganas, pero pensaba que si en nuestro país nos lo estaban negando, en la adopción internacional también lo harían.

De todas formas, teníamos tiempo, corría el año 1993 y yo tenía 27 años. Sin embargo, a los cuatro años mi pareja murió y yo ya no tenía ni recursos económicos ni fuerzas para adoptar.

Imagen: Embarazo y VIHCon el tiempo, recuperé las fuerzas y volví a la carga. Si bien las cosas habían cambiado y ya no hablaban del VIH como sinónimo de muerte de los candidatos a padres, sí ponían ciertas trabas, sobre todo por lo que respecta a los recursos económicos: para la adopción internacional se necesita dinero y yo vivía (y vivo) de mi sueldo. Por otro lado, también tenía miedo de que, si me pasaba algo, mi bebé se quedase solo.

Hace tres años, inicié una nueva relación con un hombre que también vive con VIH y recuperé de nuevo la ilusión de ser madre. Aunque la relación no llegase a funcionar, el bebé tendría dos progenitores, juntos o separados, pero dos. Además, ahora, afortunadamente, la tasa de transmisión del VIH de madre a hij@ es muy baja, por lo que se abrían las posibilidades. No obstante, ahora me encontraba ante el reto de la edad, mis cuarenta años.

Mi primera experiencia con la doctora fue brutal. No estaba de acuerdo con que me quedase embarazada a mi edad. Tuve que explicarle que a su consulta habíamos acudido a realizarnos un examen de fertilidad, no a conocer su opinión sobre la conveniencia o no de tener un bebé. Confieso que tuve dudas y le pregunté si sus reticencias eran debidas a mi condición serológica. Me dijo que no, que únicamente le preocupaba la edad.

Elegimos seguir el camino de la sanidad pública, sobre todo por el tema económico. Si hubiéramos optado por la privada, los costes se hubiesen elevado muchísimo, hubiéramos tenido que pedir un crédito y no quería­mos empezar con déficit.

Después de ese primer encontronazo, todo fue bien. Seguimos el protocolo habitual, como cualquier otra pareja en estos casos: analíticas hormonales, histerosalpingografía, análisis seminal…, entonces, ¡sorpresa! Antes de darme los resultados de las pruebas, me llegó el positivo, ¡estaba embarazada!
Cada semana nos hacían una ecografía y todo iba bien hasta que, en una de ellas, vieron que el feto era muy pequeño. Nos comentaron que esperásemos una semana a ver si crecía, y si no, se tenía que hacer un legrado. Fue una semana muy dura. Se confirmó que no había crecido y me dieron cita para realizarme la operación a los dos días. En este caso, también se siguió el protocolo como con cualquier otra pareja.

En ningún momento sentí discriminación por parte de nadie por vivir con VIH; es más, yo diría que me sentí muy arropada por todo el personal sanitario que me atendió y, gracias a su cariño y los ánimos que me dieron, pude sobrellevar el dolor.

Después de esto, no conseguía quedarme embarazada y la ginecóloga nos propuso hacer un tratamiento de estimulación ovárica y coito dirigido. Consiste en ponerte unas inyecciones y, sobre el noveno día, te hacen una ecografía para ver cómo están los ovarios; si es el momento adecuado, hay que ponerse una inyección diferente y tener relaciones sexuales a las 12 y a las 24 horas. Si mi pareja no fuera seropositiva, nos hubieran ofrecido la fecundación in vitro, pero en la sanidad pública no trabajan con semen infectado, y en eso sí que nos diferenciamos del resto de las parejas.

Es un proceso muy duro. El tratamiento a base de hormonas me machaca psicológicamente. Tengo dudas sobre si estaré haciendo lo correcto, si seré una buena madre, si podré con la responsabilidad; y miedo, tengo mucho miedo de que nazca infectado, de los efectos del tratamiento antirretroviral sobre el bebé.

Además, todo el proceso lo hacemos solos, apenas un@s poc@s amig@s conocen toda la realidad. Lo único que tenemos claro es que no vamos a intentar la inseminación artificial, puesto que no nos da tanta seguridad.
Todavía no lo hemos conseguido, pero hemos tenido una oportunidad que no creímos tener nunca desde que nos diagnosticaron de VIH. No perdemos la esperanza.

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