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  1. Lo+Positivo 38, otoño 2007
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Salud y libertad

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Soy un hombre de Asturias y tengo 35 años. Hace 6 fui diagnosticado de VIH y, durante este periodo, he pasado por todo tipo de estados de ánimo y por pequeños o grandes infiernos que poco a poco fui superando. Claro que esto no se acaba aquí y el resto de mi vida seguiré haciendo frente al problema, pero de la misma forma que lo hago para levantarme a trabajar o sintiendo que hoy se mantienen relaciones superficiales que muchas veces sólo me dejan vacío.

Más que mi propia salud es peor tener que andarse con pies de plomo para que la opinión de otros no dé al traste con tu ánimo (suelo estar más sereno y tranquilo cuando el médico me dice que me ha subido la carga viral que cuando escucho a una persona descalificar a otra con VIH o al SIDA como lacra social de un@s poc@s) que, admitámoslo, es uno de los factores clave para hacer frente a tus emociones, positivas pero (también muchas veces tratándose de tu vida) negativas y demoledoras, y a tu propia enfermedad.

Palabras demoledoras


Nací en un barrio de la periferia de Gijón en aquel tiempo, pues hoy día forma parte ya del núcleo urbano; cuando me dejo caer por allí, cada vez menos, no lo reconozco... No tuve una infancia muy afortunada, pero eso es el pasado. Hace algo más de 14 años que me recuperé del abuso de drogas, pero no fue así como contraje el virus, sino mucho tiempo después mediante una relación sexual de riesgo. Aún recuerdo el mazazo que supuso para mí, no el diagnóstico, sino las palabras demoledoras con las que aquel médico de tres al cuarto me comunicó una esperanza de vida más o menos corta. Aunque me aseguró que iría pasando las fases paulatinas del SIDA sin remedio, me indicó que existían grandes medicaciones y adelantos para poder hacerlo con una calidad de vida aceptable. No pongo un acento de más ni quito una coma a sus palabras.

Y ahí empezó mi calvario: luchar contra toda la hipocresía, falta de información y sensibilidad, así como la prepotencia de pensar: "Eso a mí no me va a ocurrir" y otras tonterías de este jaez que nosotros (espero que alguien esté de acuerdo conmigo) tenemos que ver día a día. Pero la verdadera lucha fue contra mí mismo. De repente, cuando pasó el shock de los primeros días, me sentí un cínico, un farsante de los peores, porque yo que había estado años trabajando como educador social y había aceptado sin prejuicios a personas que estaban literalmente muriéndose, sin que respondieran positivamente a ningún tratamiento, de pronto me di cuenta de que no lo aceptaba en el momento, que me tocaba directamente y que ya de nada servían todas las palabras de amor y apoyo que siempre tenía para todo el mundo. Hasta que me di cuenta de que simplemente no estaba preparado para encajar aquello dentro de mi cuerpo. Estaba terriblemente asustado y pensaba que tendría que planificar mi tiempo porque ya no sería todo el que podía, en un principio, esperar vivir.

Seguir creciendo


Pero mucho han cambiado las cosas dentro de mí, tanto que a veces agradezco tener que haber pasado por todo esto, pues me he convertido en una persona mucho más entera y siento que tengo muchas cosas que ofrecer, que soy un ser humano que quiere seguir creciendo y haciendo de la vida un lugar más justo.

Ahora sólo queda el miedo a las relaciones íntimas cuando una chica me gusta, mas he aprendido que la dignidad es la mejor forma de vivir con uno mismo. Va pasando el tiempo y me siento parte de una parte de la humanidad que por haber sufrido o ser diferentes, digamos por ejemplo gays, lesbianas, seropositiv@s, inmigrantes, mujeres maltratadas, excluid@s y ese largo etcétera de gentes que hemos pasado por el rasero de la desinformación en nuestras propias carnes. En este sentido tuve que hacer un examen de conciencia de mí mismo y reconocer que yo también estuve y estoy equivocado casi a diario. Sin embargo, ahora, la diferencia radica en que soy consciente de que lo más sabio es rectificar y no olvidar que "en todas las casas se cuecen habas", y el refranero todavía añadió un final que el pueblo, el que sabe de lo difícil, puso al refrán: "y en la mía calderadas".

Imagen: Salud y libertadTodos los días al despertar me digo que el mundo es maravilloso y que a mí también me ha tocado la fortuna de vivir en él. Asimismo, siempre procuro sonreír y dar lo mejor que tengo para los demás. A pesar de todo llego a veces a la conclusión de que las personas, casi siempre, son como yo, y que habrá quien necesite su tiempo para saber que nos ocurre a las personas con VIH, como me ocurrió en su día con los otr@s, y finalmente conmigo mismo. Un chico al que no tengo el gusto de conocer, pero que intercambiamos algunas opiniones por e-mail, me comentó algo muy interesante, y es que somos nosotr@s l@s que muchas veces, nos sentimos como extraterrestres y apartad@s, pues el resto del mundo también está lleno de personas que te abren sus brazos o te escuchan de verdad, y te aceptan. ¡Ay, a veces se me olvida, querid@ amig@, gracias!

Pero lo que quiero dejar aquí es alegría, pues me siento afortunado y quisiera que tod@s nosotr@s, que compartimos un frente común, fuésemos un@ sol@. Mañana amanece de nuevo y otra vez sentiremos ilusión y tristeza, amaremos o acaso odiaremos, porque aquí no se está hablando de VIH/SIDA, sino del camino de vivir, de no pararse a un lado y darlo todo por perdido. Ojalá que cuando salga a la calle estés ahí, a la vuelta de la esquina, y yo pueda verlo, y tú también. Y así todos los días de la vida.

Caminar hacia la dignidad


Hay momentos realmente complicados cuando acudes a controles y te plantas cara a cara con un médico. He tenido la experiencia de tratar con profesionales maravillosos que, en vez de hablar distantes, te llenaban de apoyo y, por esa magia que tiene ser humano, salía de la consulta sintiéndome infinitamente mejor. Sin embargo, tuve que escuchar como un facultativo, desde el otro lado de la mesa y, mientras te hablaba, sólo miraba tu historial, nunca a los ojos (como el que cree en las estadísticas y no en las personas). Yo no sé otras personas, pero yo salía angustiado incluso dándome buenas noticias sobre mi estado, ahogándome en lindezas que me habían dicho como que sin duda un infectado de VIH evolucionaba tarde o temprano a SIDA.

Yo lo siento mucho, amig@s, pero no se puede hacer esa afirmación sin ser un verdadero profesional, ya que un especialista dedicado a temas médicos tan delicados no trata después de todo con un posible SIDA, sino con personas que, en primer lugar, acudimos a las consultas para ser tratados como tales. Yo, que trabajo como educador de personas problemáticas en su mayoría, podría decir a la ligera en algún caso de adicción a las drogas: "te morirás sin duda", y como el que deja la taza del desayuno en el fregadero, así dejaría a una persona, que probablemente si hubiera recibido una atención, un respeto a su integridad, tal vez hubiera dicho: "yo merezco algo mejor que esto", para después comenzar a caminar hacia la dignidad. ¿No es complicado, verdad?

Todas las personas que hablamos y vivimos con VIH sabemos que nada es seguro, que podemos enfermar, incluso morirnos a la vuelta de cuatro días, poniéndonos en lo peor, pero qué sentido tiene que un médico te lapide con lo que tú mism@ luchas algunas noches, o a media tarde cuando un amig@ te dice que se siente peor, que no responde bien a un tratamiento; qué clase de profesional aun no ha aprendido que las personas, además de enferm@s, tienen esperanzas y estados de ánimo que repercuten directamente con el día a día y sus dolencias.

Me tienta la idea de revelar nombres y datos, pero no sería justo: con marear aguas ya sucias no se soluciona probablemente nada. Por fortuna, van siendo una minoría, pues no hay peor tratamiento que el no saber tratar a una persona. Aquí dejo mi denuncia, pues. Seguramente os ocurra a otr@s en un momento puntual, y creo que éstas son las cosas que también deberíamos defender. Nuestra dignidad.

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