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  1. Lo+Positivo 27, invierno 2003-2004
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TENGO SIDA

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El 3 de mayo de 2000 fui al Hospital José Joaquín Aguirre, en la capital chilena. Debía recibir el resultado de un examen que me practiqué voluntariamente. Subí en el ascensor hasta el quinto piso, las manos me sudaban. Pese a la inquietud conservaba la esperanza de que el diagnóstico fuera negativo. 

Me atendió una enfermera que traía un sobre en su mano. La seguí hasta la oficina del doctor. La ojeada del médico era tan evidentemente infausta que mi nerviosismo se acrecentaba a cada segundo. El inmunólogo escudriñó mi mirada consultándome la razón del test. «Curiosidad», dije. 

Fue más intransigente y con una esquemática frialdad, enumeró: «¿Eres homosexual, bisexual, promiscuo o te inyectas drogas?». Todas para mí palabras hirientes. 

«¿Y a usted qué le importa?», cuestioné. 

«Es sólo para tener un control estadístico», replicó como si se tratara de un trámite bancario. Pero mi “confesión” fue suficiente para ceder su gesto y sin mediar palabras, abrió el sobre: «El resultado salió positivo».

Respiré hondo y pensé en mi familia. Me repetía “mantén la calma”. En cuestión de segundos pasaron por mi mente los momentos más alegres de mi vida junto a ellos. «¿Cómo mierda les voy a decir?», balbuceé. 

Rumbo a casa no pensaba en mi salud o en la muerte, sino cómo contarlo. Busqué información en internet y escribí tres e-mails a mis amigos más íntimos que estaban en Venezuela. Fueron los primeros en enterarse con un escueto “tengo SIDA”. Logré desahogarme y me sentí acompañado, aunque fuera en la distancia. 

Dos semanas después en la universidad ya notaban en mí una cara extraña. Andaba con exámenes para todos lados, causando la curiosidad de l@s más cercan@s que me tildaron de hipocondríaco. Una tarde de mayo decidí contarle a una de mis ex parejas que sabía que me había hecho el test. Pedí compañía a dos compañeros y en el autobús, atravesando la ciudad, les confesé. Nos bajamos a pocas cuadras de la casa y me abrazaron. 

Caminamos en silencio hasta la reja y en un timbrazo, se abrió la puerta. Como en una complicidad secreta, fuimos a refugiarnos a su habitación. La miré a los ojos y sin mediar más conversación, le dije: «¿Recuerdas que fui a hacerme el test del SIDA?». Su sonrisa pasó a ser una rotunda cara de tristeza e inconformidad. «Resultó positivo.» 

Sus labios se apretaron, me tomó la mano y me abrazó con fuerza. Guardé silencio, sólo quería saber qué hacer. Tenía que contarle a otras personas que tuvieron sexo conmigo. Tras confirmar que no lo transmití a nadie, me sentí mejor. Resolví conversar con mi familia. 

Junté a tres de mis hermanos en mi pieza. Les aclaré que tenía una mala noticia. «Fui a practicarme un examen hace dos meses, resultó positivo, fui diagnosticado con VIH.» La mayor de ellas se asfixiaba, trataba de tomar bocanadas de aire, me abrazó y me dio unas palmadas en la espalda. «¡Por qué no te cuidaste! ¡Ay Dios mío! ¡Se me heló la sangre, qué dolor! ¿Y los papás ya se enteraron? », preguntaba entre la tristeza, su rabia y el impacto. 

Ante mi negativa, fue decidida al teléfono: «yo les cuento». Le supliqué que guardara el secreto. «No, hay que contárselo, ellos tienen que apoyarte.» En ese momento, mis otros hermanos, consternados, me abrazaron. 

Contestó mi madre y mi hermana no esperó más. «Mamá, toma asiento que te tengo que contar algo muy serio y delicado. Te pido que por favor te tranquilices, porque lo que más necesitamos es apoyo en estos momentos. Se trata de Eloy y hay que darle todo el amor.» No titubeó en seguir las instrucciones y con mucho nerviosismo preguntó: «¿qué pasa?». 

«Tiene SIDA, fue violado a los cuatro años y fue contagiado por un hombre.» Desde la distancia sentí su desgarro envuelto en desconsuelos. Otra de mis hermanas, junto a mi padre, asustados por el llanto, tomaron el auricular y recibieron el informe. Dijeron que me daban todo su apoyo, que me amaban y que nada en el mundo iba a cambiar nuestra relación. Nada ha cambiado. 

A tres años del diagnóstico, el VIH se ha instalado en mí como una forma de vida. Hoy siento más libertad para hablar sobre ello, sin pudores, sin temores. Much@s piensan que no tengo nada que perder y que no escatimo en que la gente pueda espantarse con un tema que sigue siendo tabú. 

Al contrario, tengo mucho que perder, basta con darme cuenta que es mi vida la que está en juego. Pero hay quienes esconden la enfermedad, toman distancia de sus seres queridos y se marginan por temor al rechazo, discriminación y todos los prejuicios de una sociedad ignorante. ¿Estará algún día preparada la humanidad para enfrentar y batallar este virus conscientemente y evitar que siga expandiéndose su geografía? 

  

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