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  1. Lo+Positivo 27, invierno 2003-2004
  2. Opinión

Memorias de África

una mujer seropositiva

Fue a mediados de septiembre cuando al encender mi ordenador tuve una de las mejores sorpresas de mi vida: frente a mis ojos un correo me comunicaba que me habían concedido una beca para participar en el encuentro de personas que viven con VIH, que se iba a celebrar en Kampala (Uganda) en el mes de octubre. No me lo podía creer. Se me presentaba la oportunidad de vivir in situ lo que muchas veces había contemplado impotente y perpleja en algunos reportajes de televisión. Tuve el presentimiento de que vivir una experiencia así dejaría en mí una profunda huella; que a partir de aquel momento yo ya no iba a ser la misma y que probablemente me llevaría a plantearme muchas cosas del mundo y de mi propia vida. 

Hice los tramites oportunos con mucha ilusión e inmersa en el papeleo, casi sin darme cuenta, llegó el día de mi partida a África. A las 9 de la mañana del 24 de octubre de 2003, después de diez horas de viaje, el avión empezó a descender sobre el gran lago Victoria. Fue algo impresionante pues nunca antes había visto un paisaje con tantas tonalidades de marrón y verde ni tampoco un sol que brillara con una luz tan intensa. 

Al bajar del avión e n s e g u i d a nos encontramos con grupos de voluntari@s que ansios@s esperaban nuestra llegada. Iban vestid@s con camisas de colores muy divertidas que l@s diferenciaban claramente de l@s demás. 

Nos recibieron con una sonrisa en los labios y dando muestras de una gran amabilidad, y a continuación nos acompañaron hasta donde nos esperaba un viejo autobús. Tomamos rumbo a la capital. A través de la ventana pude empezar a confirmar la pobreza en la que vive la gente del país. Justo al lado del arcén de la vieja carretera, entre cientos de chabolas amontonadas las unas junto a las otras, una multitud de chiquill@s correteaban y jugaban descalz@s y semidesnud@ s, con sus caras rebosantes de alegría. 

Otro de los detalles que me impactó fue ver el trasiego de personas que deambulaban con sus respectivas cantinas de color amarillo. Según supe más tarde recorrían muchos kilómetros para conseguir uno de sus bienes más preciado, lo que yo en mi casa obtengo todos los días con tan sólo abrir el grifo. Desde aquel momento tuve la certeza de que mi intuición no era errónea y que este viaje me iba a hacer ver las cosas de otra manera. 

Tras un recorrido de una dos horas llegamos a la capital de Uganda, Kampala. Nos distribuyeron por distintos hoteles de la ciudad. Reconozco que estaba nerviosa; no he viajado mucho y era la primera vez que visitaba un continente distinto al nuestro. Me sentía insegura, sólo conocía a un español que viajó conmigo. Sorprendentemente pronto hice mis primeros contactos con personas que, como yo, se sentían un poco perdidas. 

Teníamos dos días libres para conocer la ciudad que empleamos en visitar algunos mercados típicos, ricos por su diversidad y color, pero al mismo tiempo por su sencillez y pobreza. Paseamos por la gran capital donde cruzar una avenida era toda una proeza, dado que los semáforos casi no existen y los coches van a sus anchas.

 La conferencia se celebraba en un complejo turístico fantástico junto al lago Victoria. Aquel mismo día nos brindaron una fiesta de bienvenida con bailes típicos regionales junto con un buffet exquisito. Aquel contraste me dejó un poco descolocada. Al día siguiente ya empezaban las ponencias y no quería perderme lo que nuestr@s colegas african@s nos iban a contar. Deseaba saber de primera mano todo lo que en aquel país se cuece respecto al SIDA y los programas que se llevan a cabo. 

Uno de los activistas nos habló del poder que tiene un “líder” o un “brujo” dentro de la comunidad. Nos explicaba que era necesario formarlos para que luego ellos pudieran transmitir sus conocimientos relacionados con la salud y la prevención del SIDA. También nos hablaron de la vulnerabilidad a la que se ven sometidas las mujeres frente a esta enfermedad, puesto que el origen de las infecciones por VIH proviene de las relaciones sexuales no protegidas. La prevención está bajo mínimos por falta de recursos y por falta de voluntad política. El país está dirigido por una dictadura que no está por estos menesteres. Me quedé de una pieza cuando nos dijeron que la esperanza de vida de un/a african@ actualmente ronda los 42 años: mi abuela cumplirá 97 en abril, si Dios quiere. Es por este motivo que grupos de personas que vivimos con VIH/SIDA nos hayamos colocado en la vanguardia de la prevención, atención y esfuerzos para fortalecer el liderazgo en el ámbito local, nacional e internacional. 

Pasaban los días y mis sentimientos eran cada vez más contradictorios. No daba crédito a todo lo que escuchaba y vivía. Pero sí podía darme cuenta que ésa era la realidad de un país que se está muriendo, y se muere de hambre, de SIDA, y por el egoísmo de un@s cuant@s poderos@s a l@s que poco importa la vida de l@s demás. 

Durante los descansos nos juntábamos en el jardín donde conecté muy bien con un grupo de argentin@s. Me sentí muy cómoda y con ell@s pude dialogar largas horas sobre nuestros sentimientos compartidos. También recuerdo que conversábamos con gente de otros países. Precisamente allí viví un momento de gran impotencia que me gustaría compartir con tod@s vosotr@s. Sentada en una silla había una joven de tez oscura y grandes ojos negros que estaba dando el pecho a su preciosa hija de ocho meses. Las dos eran seropositivas y nos comentó que la alimentaba con todo su amor porque no se podía permitir dejarla morir de hambre, aunque era consciente de que el SIDA seguramente se la llevaría. No tenía nada más para darle de comer que la leche de sus pechos. Todas las personas que presenciamos aquella escena nos quedamos estupefact@s sin saber qué hacer ni qué decir, impotentes ante la doble e injusta desgracia de ser positivo al VIH y ser pobre. Sin embargo, nuestra mente no olvida fácilmente y me quedan tantas cosas por contar .... 

Llegó la hora de la clausura. Estábamos muy expectantes por oír algún compromiso por parte del gobierno. Se nos prometió que se conseguiría tratamiento antirretroviral y que en el plazo de 5 años el 50% de ugandeses podría acceder, pero yo me pregunto ¿cuántas personas más morirán durante esta larga espera? Que yo recuerde, esto ya se les había prometido en la conferencia anterior y no se ha cumplido. ¿Cuántas personas continuarán infectándose por falta de recursos preventivos? 

Ahora, una vez vivida esta experiencia, y como ya he dicho antes, mi escala de valores ha cambiado. Vivo con un sentimiento de impotencia y me siento mal, pero al mismo tiempo sé que voy a luchar aportando mi pequeño granito de arena, transmitiendo a las gentes de aquí mi experiencia. Espero que sirva para que tod@s seamos capaces de luchar, cada un@ en su medida, y que una injusticia de tal magnitud no quede en el olvido. Como no quiero olvidar aquel bonito día del mes de octubre en que puse mis pies en tierras de Uganda. 

África está y estará en mi memoria y en mi corazón. 

 

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