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  1. Lo+Positivo 24, invierno 2002-2003
  2. Opinión

Lo que he aprendido.

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Ocurrió hace años, debía ser hacia los años 90, en los tiempos en que Magic Johnson nos pilló a tod@s al confesar que tenía el SIDA. Yo me cobijaba en una capital comarcal del interior del país y no conocía a much@s seropositiv@s en mi entorno geográfico inmediato. 

Fue en esta pequeña ciudad donde conocí a un amigo, al que llamaremos Koldo, quien, como yo, había aterrizado en aquella ciudad para emprender el decimoquinto salto mágico que habría de librarnos, por lo menos esto anhelábamos, de nuestras adicciones. 

Recuerdo que nuestra amistad empezó coincidiendo en un autobús que nos llevaba a la capital, a casi cien kilómetros, donde realizábamos nuestro seguimiento médico. Ahora mismo no podría afirmar la razón por la que teníamos que desplazarnos tan lejos para ver a un/a médic@. Quizá no existía todavía un servicio para seropositiv@s en el hospital comarcal de nuestra ciudad, quizás queríamos conservar celosamente nuestro anonimato en un espacio que nos era nuevo, en el que empezábamos a vivir y a trabajar, llenos de dudas, intentando distanciarnos de un pasado demasiado reciente, que por aquel entonces nos resultaba decididamente hostil. 

Koldo, mi amigo, tuvo la suerte de entablar una relación con una mujer de esta ciudad, que conoció en su trabajo. Recuerdo nuestras charlas sobre nuestros anhelos y expectativas, sobre las incertidumbres de un futuro que no pintaba nada claro y recuerdo muy especialmente las largas peroratas que mi amigo me daba acerca de su enamorada, llamémosla Mar, y sobre la impagable renovación que ella estaba aportando a su vida y de qué manera por primera vez se sentía aceptado tal y como era. El único punto oscuro con su nuevo amor, me aseguraba, era que no lograba encontrar el momento ni el modo de contarle a Mar su condición de seropositivo. 

Ha transcurrido una docena de años de aquello, pero puedo reconstruir con una asombrosa exactitud la tarde en la que Koldo, hombre optimista y vital donde los haya, acudió absolutamente quebrantado y descompuesto a una cita conmigo. 

Resultó que después de un año de relación, Mar se hizo la prueba de detección de anticuerpos. Si Koldo decidió al fin sincerarse con ella respecto a su condición de seropositivo o ella actuó por su cuenta no tiene importancia en este relato. El hecho es que el resultado del análisis fue un positivo rotundo y Mar se infectó con el VIH. Ella se puso como una fiera –me contó Koldo en medio de su confusión– y le manifestó la firme decisión de excluirlo de su vida. 

Un día dejé atrás aquella ciudad y no he sabido nada más de Mar ni de Koldo. Desconozco qué fue de cada uno de ellos y si el tiempo concedió una nueva oportunidad a su relación, por aquel entonces tocada de muerte. Pero su final carece de importancia en estas líneas, pues este relato no trata sobre ellos, sino sobre mí y sobre nosotr@s. De lo que he y hemos aprendido. 

Koldo era amigo mío. Durante aquel año que compartimos me mantuvo periódicamente al corriente de los avatares de su relación, de sus grandes y pequeños momentos y a cada encuentro me hablaba del miedo que sentía a contarle a Mar su seropositividad. No temió detallarle su reciente adicción a la heroína, pues su lucha por desengancharse lo engrandecía, pero nunca se atrevió a contarle que era portador de los anticuerpos del VIH. Pero lo que sí hacía mientras demoraba la explicación, me aseguraba, era utilizar el preservativo en todas sus relaciones con ella. 

Este texto trata de mí, de las dudas de entonces y de lo ahondado hasta ahora. ¿Qué debía hacer Koldo, cuál era la manera cabal de actuar? Utilizar un preservativo era lo correcto, esto estaba tan fuera de toda duda, tan fuera de duda como que al no afrontar el tema no podría creerse él mismo que estaba fundando con Mar la relación sólida y duradera que ansiaba sinceramente. Por mi lado, como amigo y seropositivo, al tiempo que comprendía sus miedos y su pánico al rechazo, sabía que allí había algo importante que resolver, que alguien tendría que hablar con ella. Pero yo nunca lo hice. Quería a mi amigo, sus dudas habían sido mis dudas, y creía que con algo de tiempo resolvería aquel conflicto. Nadie nos había enseñado a desenvolvernos en un caso así. Nos faltaron armas para afrontar aquella situación. Fue en los años 90, cuando Magic Johnson dejó a Los Lakers.  

Hemos aprendido que inventar vidas que no son la nuestra no nos hace mejores. Que a menudo hay que elegir. Que a veces la elección de contarlo o no contarlo es difícil. 
 

Ha pasado el tiempo y he tenido que aprender a cohabitar con mi enfermedad y con l@s demás al mismo tiempo. Para trabajar, para convivir, para querer y ser querido he necesitado relacionarme con otras personas. A través de l@s demás es donde me he ido conociendo a mí mismo, ell@s han sido mi espejo, donde he visto reflejados unas veces mis miedos, otras mis logros. A través de las personas que me rodean vivo, me reconozco, me renuevo. 

Pero lo mejor que he aprendido, lo mejor que sigo aprendiendo, es a no dejar de ser yo mismo, a llevar con la cabeza bien alta mi propia vida con sus gozos y sus limitaciones. 
 

El tener que convivir me ha obligado a tener que afrontar mi condición de enfermo. Llevo el VIH en mi interior, forma parte de mí de una manera intrínseca, a base de mimarlo hasta le he cogido cariño, pero ¿cómo olvidar su condición de mancha? ¿Cómo negar que mi circunstancia puede provocar rechazo en l@s demás, que puede alejarme de las personas que desean contar conmigo, incorporarme a sus vidas? L@s portadores nos vemos abocad@s, tarde o temprano, a lidiar con situaciones cercanas al calvario que encabeza esta historia. ¿Cuál es el mejor momento para decirle a alguien que un@ es seropositiv@? ¿Cuándo debo decirlo y cuándo mejor me lo callo? ¿Hay reglas para decidir a quién contárselo y a quién no? ¿Qué pasa con el trabajo, con las relaciones esporádicas, con la familia, con el amor? Sé que mi intimidad es un derecho, que está en la Constitución, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero en mi vida diaria esto me sirve de bien poco. 

Sólo yo puedo decidir. Sólo yo puedo resolver cuándo debo contar mi situación y cuándo no, sin olvidar que hay ocasiones en que el ocultarlo me llevará a tener que improvisar una vida paralela para esconder lo que no cuadra, las tomas de medicación, los achaques físicos, las visitas al/la médic@, a inventar una vida imaginaria para los ojos de l@s demás que se alejará de mi vida real, que probablemente me meterá en uno de estos callejones sin salida que much@s habremos sufrido durante este largo aprendizaje. 

Pero a pesar de todo, hemos aprendido. Hemos aprendido que las personas que van a querernos nos van a querer enter@s, tal y como somos y que aquí está la esencia de las relaciones que nos importan. Hemos aprendido que inventar vidas que no son la nuestra no nos hace mejores. Que a menudo hay que elegir. Que a veces la elección de contarlo o no contarlo es difícil. Que la confianza opera a dos bandas y hay que ofrecerla para recibirla. Que no queremos contribuir a la propagación del VIH. Y hemos aprendido que el temor a lo que piensen l@s demás existe y que algunas veces el rechazo llega, pero que cuando llegue, nos esforzaremos hasta conseguir sobrellevarlo. Pero lo mejor que he aprendido, lo mejor que sigo aprendiendo, es a no dejar de ser yo mismo, a llevar con la cabeza bien alta mi propia vida con sus gozos y sus limitaciones. 

                                                                                          tanger@navegalia.com

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