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  1. Lo+Positivo 30, invierno–primavera 2005
  2. A Ciencia Cierta

La ciencia sin ética no es buena ciencia

a ciencia cierta

La carrera por el antagonista del CCR5 (I)

Entre activistas se suele decir, como en nuestro título, que ciencia sin ética no es buena ciencia. A partir de este argumento, si bien es cierto que la búsqueda de nueva medicación y de nuevas clases de fármacos para tratar el VIH es absolutamente imprescindible, sobre todo en el caso de las personas a las que ya no queda casi ninguna opción de tratamiento, no es aceptable que se lleve a cabo a cualquier precio. 

 

En el desarrollo de los primeros antirretrovirales hubo varios ejemplos de cómo ha sido extremadamente difícil trazar la línea entre avance científico y ética. No se sabía muy bien dónde se iba con estos compuestos totalmente nuevos, pero había prisa para salvar a las miles de personas que cada día morían de SIDA en la ausencia de cualquier tratamiento. Por eso, l@s activistas trabajamos históricamente para que el desarrollo clínico de los antirretrovirales se acelerara al máximo. De hecho, mientras que para otros medicamentos la media de tiempo de dicho desarrollo está en los 15 años, para la terapia anti-VIH está en los 5. Ahora, y después de más de 10 años de la existencia de terapias contra el VIH, se sabe mucho más, hay dos decenas de productos disponibles, y existen recomendaciones de tratamiento más afinadas. 

ciencia sin etica


La búsqueda de un antagonista del CCR5, una nueva estrategia terapéutica que se basa en la inhibición de este correceptor de la célula CD4 sin el que el VIH no puede unirse a ella, se ha convertido en una verdadera carrera en la que parece que algunas compañías farmacéuticas están preparadas a quemar etapas con un posible coste para l@s participantes de los ensayos. Y esto pese a que además siguen muchas preguntas sin respuesta sobre esta nueva clase de compuestos. 

En la actualidad existen unos siete antagonistas del CCR5 en desarrollo. Los más avanzados son el UK–427,857 de Pfizer, el GW873140 de GlaxoSmithKline y el SCH–690 de Schering-Plough, que se encuentran en fases intermedias de investigación (inicio de Fase IIb), por lo que no se dispone de suficientes informaciones como para saber si serán eficaces, en qué dosificación y hasta qué punto, en un amplio número de personas con características virológicas e inmunológicas variables. Y esto a pesar de los resultados muy prometedores de los estudios en monoterapia. 

Sobre el papel no parecen existir diferencias significativas entre los tres compuestos, por lo que el primero en llegar al mercado será el primero en acabar la Fase III de estudio con resultados que permitan su aprobación. La primera compañía que lo consiga se colocará pues en una posición de ventaja respeto a sus competidores. Por otra parte, aunque el interés en desarrollar nuevas clases de fármacos es particularmente obvio y prioritario en el caso de las personas multirresistentes, las tres compañías tienen también la intención de que se apruebe su compuesto en primera línea. Para ello, los probarán en personas que nunca han tomado antirretrovirales, o naive a los tratamientos. La cuestión es qué riesgos se asumen y en qué momento para realizar estas pruebas. 

Pero como decíamos al comienzo la situación ha cambiado. Actualmente, existen suficientes fármacos antirretrovirales para su combinación de bastantes maneras en personas que van a tomar su primera terapia. Por eso, ya no es tan urgente que las personas con VIH naive accedan a medicamentos en su fase de experimentación más temprana, aunque sí sigue siéndolo para personas pretratadas. 

En España, como en la práctica totalidad de los otros países europeos donde existen directrices de tratamiento, si éstas se aplican a la investigación clínica, tendrían que estar excluidas de los ensayos de Fase II las personas no pretratadas que estén en riesgo de desarrollar enfermedades oportunistas, como es el caso de las personas con menos de 200 células CD4 y más de 100.000 copias/ml de ARN del VIH. En efecto, éstas estarían expuestas a una combinación de fármacos que incluiría un compuesto experimental cuya potencia y dosificación todavía quedan por descubrir. Esto es particularmente válido para las personas que nunca han tomado tratamiento si consideramos que en la actualidad muchas de ellas reciben el diagnostico del VIH tarde, cuando ya están relativamente inmunosuprimidas. En estas condiciones se recomienda empezar con una combinación de fármacos potente y ya establecida. 

Esto tiene incluso especial relevancia para las nuevas familias de fármacos, como son los inhibidores del CCR5: nos gustaría intensamente que fueran eficaces y sin o mínimos efectos secundarios, pero todavía no lo sabemos: para eso están los ensayos. 

Las personas que no han recibido tratamiento con anterioridad y parten muy imunosuprimidas necesitan una terapia de eficacia probada, y no existe ninguna razón científica por la que se las deba incluir en ensayos clínicos de Fase II, cuando todavía desconocemos el verdadero potencial del fármaco en experimentación. 

Parece que GSK y Schering-Plough comprenden este argumento y han mostrado flexibilidad en sus planteamientos. En cuanto a la estrategia de Pfizer, hablaremos en el próximo número.
  

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