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  1. Lo+Positivo 29, otoño 2004
  2. Opinión

Calor

la cara culta

Al abrir los ojos no pude mover la cabeza como de costumbre. Una especie de quemazón me presionaba. Fue al llevarme la mano cuando descubrí que mi nuca tenía un bulto prominente. Suspiré. No tenía ganas de llorar. Ya lloré bastante con las piernas, la barriga, el culo...

Imagen: Calor
Tenía que trabajar. No me podía quedar en casa. En la ducha intenté darme un masaje, algo me alivió, pero al verme las piernas mis lágrimas se confundieron con el agua. Esas venas... unas venas enormes que me envolvían como si fuese alambre de espinas, que cada día al vérmelas me pinchara, castigándome un poco más.

Me sequé con cuidado de no darme en la nuca, la quemazón se había transformado ahora en unos pinchacitos, como si se me hubiera dormido. Me sentí un monstruo con dos cabezas. Y prácticamente sólo dos cabezas, porque el resto de mi cuerpo me producía tal asco que lo repudiaba.

Me vestí con el mismo traje de todos los días, la misma corbata, la misma camisa, el mismo pantalón... Pero lo que la gente no sabía era que llevaba tres capas de ropa más, debajo del traje. Sin ellas sería un hilillo flotante, algo así como las semillas de diente de león que a veces cuando leía en el parque pasaban ante mis ojos. Se comenta que conceden deseos. No creo. Si los diese yo sería como ese chico que salía enseñando el culo en la tele, anunciando una fragancia. 25 de agosto. Calor. Para los pies, aunque me sudaran y olieran, botas y calcetines. No permitiría que me vieran los alambres. Después desayuné mi cóctel de pastillas. Salí con algo de prisa hacia la oficina, tenía que revisar con mi superior unas cuentas que no cuadraban. Unas cuentas absurdas, sin sentido, mal llevadas. Como mi cuerpo. Calor. El camino más corto era por el marítimo pero no lo cogía nunca, prefería irme por las calles paralelas para así evitar ver la playa. Tener lipodistrofia y vivir en verano en la ciudad más turística del país no es fácil de llevar. Procuraba no mirar a mi izquierda, donde cientos de alemanes, ingleses, suecos… se apelotonaban en la arena después de salir de las discotecas, sin dormir, a tostarse e intentar ser color inmigrante. L@s rechazamos pero queremos ser como ell@s. Es curioso. Me pregunté si querrían tener lipodistrofia. Calor. Me paré en seco. El sudor se deslizaba por mi cara, mi segunda cabeza, mi alambre... Los dos palillos que me mantenían en pie estaban pegados a la ropa. Como si la tuviera tatuada. Empecé a mirarlos y me pregunté por qué.

¿Por qué este suplicio? ¿Por qué castigarme a mí mismo? Nadie me había dicho que la lipodistrofia tenía que ocultarse. L@s suec@s que querían ser marrones estaban roj@s. Por un momento me pareció peor ser rojo. Esbocé, después de mucho tiempo, lo que pareció un intento de sonrisa.

Con semejante mueca y parado en medio del paseo me pareció estar ridículo. Sonó el móvil. El trabajo. Lo desconecté.

Sentí curiosidad por el tacto de la arena. Supuse que no pasaría nada por bajar y tocarla un rato.

Nada más poner pie en la arena de la playa me arrepentí. La gente me miraba. Semejante monstruo de dos cabezas rodeado de alambres y con dos palillos por piernas no tenía derecho a bañarse.

Me di cuenta de que estaba obsesionado con mi enfermedad cuando descubrí que la gente me miraba por esta vestido con traje en mitad de la playa.

Si me quedaba así, haría el ridículo. Si me quitaba la ropa, la gente sabría que tenía lipodistrofia, y por tanto sabrían de mi estado serológico, porque todas las personas en mi mundo eran expertas en VIH.

Estaba harto de que mis pómulos operados fuesen lo único que me permitiera estar tranquilo.

Me quité la chaqueta. La camisa. Ahora estaba en pantalón de pinzas y sudadera.

Me la quité. Camiseta de manga corta y pantalón de pinzas. La gente me miraba estupefacta. Fue curioso, pero cuado me quedé en pantalón corto ya dejaron de clavar en mí sus ojos. Estaban al descubierto mis alambres, mis palillos, mis dos cabezas… y nada.

Calor. Seguía con calor. Dejé las cosas en una esquina y caminé hacia el agua. No recordaba cuando fue la última vez que me bañé en el mar, y eso que vivía a 50 metros de él. Alguna noche furtiva corrí hacia la playa. Pero me detenía el miedo.

Ahora no me detenía nadie. El agua fue como una purificación. Un nuevo bautismo, pero esta vez de vida. Al salir del agua me desnudé totalmente. Me dio igual todo.

Ahora era una persona nueva. Le iba a decir lo que sentía. Y lo que era. Sin miedo.

La gente nos rechaza muchas veces porque no nos mostramos como somos, ni con naturalidad. A mi nadie me iba a ver con la cabeza baja. Porque no. Una vida nueva, gracias al calor.

 

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