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  1. Lo+Positivo 23, octubre 2002
  2. Opinión

No somos culpables

Una mujer seropositiva

Hay situaciones del pasado que prevalecen en el presente y que un@ debe intentar superar, por su propio bien y por el de l@s demás, por la propia vida, por la supervivencia y sobre todo por no entrar en la dinámica de la desesperanza y la autodestrucción.

Realmente son muchas las situaciones difíciles que tod@s, tarde o temprano, tenemos que afrontar a lo largo de nuestras vidas. Yo, como todo el mundo, me he visto no una, sino varias veces teniendo que presentar batalla a la vida, y sin duda alguna, una de las que más mella hizo en mí fue mi diagnostico positivo al VIH. Fue una situación realmente penosa, no pude siquiera pensar o reflexionar sobre cuál era mi situación, sobre qué significaba ser una persona enferma de VIH/SIDA.

Mi prioridad en el momento de la traumática noticia era sobrevivir ya que en aquellos momentos tanto mi cuerpo como mi mente estaban bajo mínimos; desde el punto de vista médico yo podía morir en cualquier momento. No podía pensar en lo que era el VIH ni lo que eso iba a implicar en mi vida, ¡yo tenía que vivir!

Mi niñita de 10 meses me necesitaba, ella era lo único que importaba. Sabía que la muerte me rondaba y en aquel entonces no importaba si era por SIDA o por cualquier otro motivo, lo realmente importante era sobrevivir. Mi lucha se limitó a superar el gran bache, a recuperar poco a poco mi salud y aunque algun@s lo dudaron después de un ingreso hospitalario de dos meses, conseguí, aunque todavía muy débil, volver a casa y reunirme con mi familia.

A medida que mi salud se iba lentamente recuperando, mi mente empezó también a pensar y los miedos aparecieron. Era completamente consciente del rechazo social que envuelve esta enfermedad y sentí horror, pena e impotencia ante la posibilidad del rechazo, del juicio sin conocimiento y de la muerte. Y me escondí, como el caracol que se esconde en su caparazón cuando percibe el peligro.

No hice participe a nadie, con excepción de mi pareja, de cuál había sido el motivo real de mi ingreso. Decidí no contárselo ni a mi familia, ni a mis amig@s; sólo por miedo, miedo a afrontar una realidad que me superaba desde cualquier punto de vista, me sentía completamente incapaz de afrontar todos aquellos sentimientos que me invadían. ¡Ojalá hubiese sabido en aquellos momentos de los grupos de apoyo! Yo no tuve esa oportunidad y lo cierto es que me costó mucho tiempo reunir la fuerza necesaria para comunicar a l@s mí@s cuál era la situación real, ¡ni que fuera una asesina!

Emocionalmente fue maravilloso comprobar que ninguno de mis seres queridos me rechazó, eso me hizo pensar que cuando lo que une a las personas es el amor, cualquier situación adversa es superable.

Me hizo darme cuenta de que a pesar de todo seguimos siendo gente válida, creativa y sobre todo con una visión diferente de la vida, con una capacidad de valorarla que antes de la enfermedad much@s no teníamos. Todo eso significó un nuevo impulso y una nueva esperanza en mi vida. Aun así, tengo que reconocer que todavía hoy me cuesta confiar sobre mi condición de VIH+. Sigo teniendo cierto miedo y me siento vulnerable ante reacciones de mi entorno, sigo padeciendo de algún modo los efectos de la estigmatización no superada, aunque hay que reconocer que muy mejorada.

No puedo evitar pensar que esa mejoría generalizada en la reacción de la sociedad ante el VIH, se debe por una parte a la difusión (todavía muy insuficiente) de los adelantos en la investigación tanto de lo que es ‘el bicho’, como el modo de luchar contra él; y por otra, quizás más importante, al mucho amor que tod@s hemos invertido en este tema, porque.... ¿quién no está de alguna forma afectad@ por el SIDA?, ¿quién no tiene un familiar, un amig@?, ¿quién no ha visto un reportaje o un documental que le haya movido un poco el sentimiento de ternura, el de amor, la conciencia?

Realmente pienso que el amor es nuestra gran esperanza de conciencia normalizada, de impedir que nos miren raro por la calle, impedir que tantísimas personas, hombres, mujeres y niñ@s, mueran y malvivan sin ninguna necesidad, sin ninguna justificación. Pienso que deberíamos reunir todas esas pizcas de amor y convertirlas en una gran fuerza capaz de cambiar los intereses de los gobiernos y de las entidades de poder, capaz de hacer llegar a todos los rincones del planeta una posibilidad real de aparcar para siempre ese miedo a la incomprensión por un lado y a la muerte por otro, que implica todo diagnostico VIH+; una gran fuerza capaz de evitar el sufrimiento gratuito que padecemos la gente afectada por VIH al hacernos susceptibles de ese sentimiento mezcla de rechazo y de compasión (“pobrecit@ enferm@ de SIDA”) que todavía se percibe de forma muy clara en gran parte de la sociedad.

Me parece obvio que el gran daño que en ese sentido hizo la difusión informativa en los primeros tiempos es todavía latente, que todavía hoy existe una gran ignorancia, una gravísima falta de información entre el público mayoritario, y que rectificar esa carencia es una responsabilidad incumplida por parte de los medios a los que corresponde hacer llegar a la gente una información más correcta y actualizada de cuál es la situación.

Lo triste de todo esto es que como resultado de la estigmatización completamente injusta e innecesaria, aquí estamos l@s afectad@s sufriendo y callando una enfermedad de la que no somos culpables.

  

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