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  1. Lo+Positivo 33, primavera de 2006
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¡La vagina es divina!

las más positivas

El ecosistema vaginal está formado por diferentes mecanismos que colaboran en mantener sano el tracto genital femenino, como la composición del epitelio vaginal o la flora habitual, dirigidos en gran parte por la función del sistema endocrino y en colaboración con el sistema inmunológico.

El tejido que conforma el tracto genital femenino (mucosa) está compuesto en su mayor parte por múltiples capas de epitelio estratificado, que suele ofrecer una buena barrera contra la mayoría de virus y patógenos que puedan entrar en contacto con la vagina. El cuello de la vagina (cérvix), por el contrario, es una zona sensible a la infección porque sus paredes son más frágiles ya que cuentan con una sola capa de tejido (epitelio monoestratificado) y además es rico en células inmunitarias, como las células de Langerhans, monocitos y macrófagos, que en el caso del VIH constituyen el objetivo principal para el virus.

La vagina se mantiene sana y limpia mediante algunos sistemas protectores muy ingeniosos, siendo el más habitual de ellos el mantenimiento de un medio ácido que, curiosamente, se mantiene así gracias a la acción de una bacteria que se encuentra presente en la flora habitual de la mucosa vaginal. Estas bacterias llamadas lactobacilos o bacilos de Doderlain, se alimentan del glucógeno (azúcar) que se almacena en las células de la pared vaginal y lo metabolizan convirtiéndolo principalmente en ácido láctico y peróxido de hidrógeno (entre otras sustancias), lo cual contribuye a que la mucosa vaginal mantenga un entorno ácido, con un pH de aproximadamente 4.0.

Normalmente, bacterias, hongos y protozoos necesitan un entorno alcalino (un pH superior a 6.0) para sobrevivir y además también utilizan el glucógeno para nutrirse. La presencia de lactobacilos en la vagina hace que todos esos organismos extraños que llegan hasta ella encuentren un entorno poco adecuado para su proliferación, por lo que una buena colonia de lactobacilos y otras bacterias que forman la flora bacteriana es indispensable para mantener la vagina libre de la mayoría de infecciones.

Otro importante sistema protector es el moco vaginal, que tiene fama de ser «sucio», pero es todo lo contrario pues actúa como una escoba, barriendo la mucosa vaginal y arrastrando hacia el exterior todo tipo de células muertas y otros productos de deshecho. El moco sale del cuello uterino y a su paso por las paredes vaginales contribuye a la lubricación de las mismas y, por lo tanto, a su protección. También obtura la entrada del cuello uterino, protegiendo así el útero de la invasión de microorganismos.

La microflora vaginal conforma un ecosistema dinámico que responde a influencias orgánicas y vitales tales como la edad, la situación hormonal, el embarazo, etc. Así, durante la pubertad, el tracto genital femenino atraviesa ciertos cambios provocados principalmente por la hormona sexual femenina denominada estrógeno, y a partir de la aparición de la menstruación, y activada por la acción del estrógeno, empieza a proliferar una flora vaginal característica, con una presencia importante de lactobacilos.

Durante la menopausia, los niveles de producción de estrógeno descienden y ello repercute en la fragilidad epitelial de la mucosa vaginal y en la disminución de la flora vaginal, con lo que la vagina pierde en gran parte su capacidad de protección natural.

Y lo mismo ocurre durante los períodos de lactancia, en los que la producción estrogénica también está reducida para mantener la interrupción de la ovulación y favorecer la lactancia.

El ciclo menstrual ejerce un control periódico de la producción de estrógeno, cuyos niveles varían de manera perceptible entre las fases folicular y luteal de ciclo.

Así, en la siguiente tabla podemos ver los efectos que las diferentes situaciones vitales (reguladas por la producción de estrógeno y progesterona) tienen en la composición del epitelio de la mucosa, la cantidad de glucógeno (y por tanto de conversión en ácido láctico por la acción de los lactobacilos) y la acidez del medio vaginal.


 Fuente: Dra. Sharon L. Hillier. Universidad de Pittsburgh

Los estudios realizados por la Dra. Hillier demuestran que la composición del epitelio de la mucosa vaginal es más frágil durante la pubertad, antes del inicio de la menstruación, se fortalece en la edad reproductiva y vuelve a tornarse frágil al iniciarse la menopausia. Y lo mismo se puede decir de la presencia de glucógeno, involucrado en la proliferación de ácido láctico, y por tanto del grado de acidez. Estos cambios explicarían la mayor vulnerabilidad frente al VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS) de las niñas y de las mujeres mayores, cuyos niveles de estrógeno son menores.

Factores que pueden alterar el ecosistema vaginal

Ciclo menstrual: Durante la menstruación, el ambiente vaginal se hace menos ácido (pH 6 o más), pues los lactobacilos descienden debido a que se unen a los hematíes de la sangre menstrual en lugar de mantenerse en las células epiteliales que recubren la vagina. Esto hace que, periódicamente, la mucosa vaginal se encuentre desprotegida al mantener durante unos días un entorno alcalino favorable a los microorganismos patógenos.

Coito: Durante los años reproductivos de una mujer, el pH de su vagina suele ser de 4.0-4.5. No obstante, se ha demostrado que el esperma actúa como un potente alcalinizador que reduce la acidez vaginal en unos pocos segundos, manteniendo la vagina neutralizada (a un pH superior a 6-7) durante varias horas después del coito, tiempo durante el cual el esperma puede alcanzar el tracto reproductivo superior en su objetivo reproductor; y estas condiciones también pueden ser aprovechadas por los patógenos, ya que encuentran un medio en condiciones adecuadas de alcalinidad para su colonización. Por tanto, la presencia de semen en la vagina provoca la neutralización de los mecanismos naturales de protección.

Uso de productos intravaginales: Como duchas o agentes secantes. Este tipo de productos destruye la capa protectora de moco vaginal y con ella la flora natural que contribuye a mantener el equilibrio ácido.

Contraceptivos hormonales: El uso de estas sustancias altera los niveles normales de estrógeno y progesterona, con lo cual el equilibrio de la mucosa se ve alterado a su vez.

Lactancia: Puede interrumpir la ovulación y provocar una situación de reducción de estrógenos. Al mismo tiempo, se reduce la presencia de glucógeno en el epitelio vaginal, con lo cual el pH aumenta y la mucosa se convierte en caldo de cultivo para los patógenos.

Antibióticos: La acción de los antibióticos no se limita a destruir los patógenos del organismo sino que muchas veces también provoca un descenso de «los microorganismos buenos», de la flora natural que puebla las mucosas y cuya acción equilibra los niveles de acidez y la integridad del epitelio.

Menopausia: Durante la menopausia se producen cambios vaginales debido a la falta de estrógeno. La vagina y el vestíbulo vulvar (espacio a la entrada de la vagina) disponen de receptores de estrógeno, pero tras el inicio de la menopausia (perimenopausia), el estrógeno provoca una disminución de las capas epiteliales y de la deposición de glucógeno en las paredes mucosas, con lo que el metabolismo del glucógeno en ácido láctico y ácido acético se ve alterado. Además, el estrógeno también mantiene la vascularidad vaginal y por tanto ayuda a una lubricación normal, por lo que tras la menopausia, la vagina se vuelve más seca y por lo tanto pierde eficacia en su labor de higiene y también aumenta su fragilidad epitelial.

El sistema endocrino

El sistema endocrino se ocupa de comunicar y regular las diversas actividades del organismo, mediante el delicado mecanismo de liberación/inhibición de hormonas y otras sustancias segregadas por las glándulas. Las hormonas se dirigen a determinados órganos para entregarles instrucciones específicas destinadas a regular las diferentes funciones corporales, como la producción de energía, la temperatura corporal, el deseo sexual, el ciclo menstrual y las funciones reproductoras.

El ciclo menstrual consiste en la maduración periódica de un óvulo siguiendo un plan específico muy bien dirigido.

Primero, el hipotálamo estimula la glándula pituitaria, que es la encargada de dirigir todo el cuadro de mandos del sistema hormonal, para que libere dos hormonas llamadas FSH (hormona estimulante del folículo) y LH (hormona luteinizante). Estas dos sustancias dan la señal al ovario para que empiece a producir sus propias hormonas (estrógeno y progesterona).

El estrógeno y la progesterona estimulan la liberación de un óvulo maduro, provocan los cambios adecuados en el endometrio para que se produzca la anidación del óvulo fecundado y también informan de la necesidad de otros cambios en las mamas. Cuando los niveles de estrógeno y progesterona descienden, el hipotálamo «sabe» que tienen que volver a iniciar el ciclo.

Respuesta inmunitaria

El sistema inmunológico femenino ha evolucionado hasta conseguir un delicado equilibrio entre su papel en la protección del tracto genital frente a todo tipo de infecciones ante las que se encuentra muy expuesto por la función que cumple como receptor en la penetración, y al mismo tiempo la necesidad de modular el ataque inmunológico frente a los cuerpos extraños que son el esperma y, en caso de embarazo, el feto.

Las células epiteliales del tracto genital femenino son la primera línea de defensa contra los patógenos invasores. Cuando se produce la infección, las células epiteliales sintetizan unas sustancias denominadas defensinas, citocinas y quimiocinas, que se encargan de activar células inmunitarias específicas. Las defensinas son pequeñas moléculas que actúan con rapidez contra bacterias, hongos y virus. Las citocinas (IL-7 o IL-5) contribuyen al desarrollo y supervivencia de linfocitos que residen en el epitelio vaginal.

También contamos con anticuerpos específicos (como IgA o IgG) que proliferan en las secreciones vaginales, cuyo trabajo consiste en inactivar agentes infecciosos específicos que ya han sido «estudiados» por el sistema inmunitario con anterioridad.

Las dendritas y el VIH

Las células dendríticas (células de Langerhans) forman parte del sistema inmunitario y se encuentran principalmente en las mucosas. Su función principal consiste en realizar rondas de reconocimiento en busca de sustancias extrañas, y cuando encuentran un cuerpo que le resulta desconocido y que no debería estar en ese lugar, lo recogen y lo transportan hasta los ganglios linfáticos, donde lo ponen a disposición de las células CD4, que son las encargadas de organizar la respuesta inmunitaria y poner en marcha un proceso de reacción a la infección para librarse de los organismos patógenos o “etiquetarlos” para poder reconocerlos en el futuro y dar una rápida respuesta de defensa si vuelven a entrar en el organismo.

Normalmente, esta acción de las dendritas contribuye a que el sistema inmunitario sea capaz de controlar la mayoría de infecciones, pero en el caso del VIH, es justamente este trabajo de las dendritas el que las convierte en caballos de Troya que introducen el virus a los lugares en los que hay más posibilidades de que éste pueda introducirse en un CD4 y a partir de ahí iniciar su replicación y hacer efectiva la infección.

En resumen, todos estos mecanismos forman un delicado engranaje de acciones enlazadas que dependen íntimamente unas de otras, que se estimulan entre sí y que deben ser entendidas como un todo articulado, que contribuye a proteger el tracto genital femenino de su mayor exposición a patógenos externos, aunque pertenezcan a sistemas diferentes y aparentemente tengan actuaciones independientes.

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Esther (no verificado)

Me hize un papanicolao y me salieron lactobacilos abundantes pero al leer esto ya sé que no es nada malo de hecho es bueno !!

responder 13 Diciembre, 2013 – 9:32pm

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