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  1. Lo+Positivo 34, verano 2006
  2. Opinión

La inaceptabilidad (política) de la muerte por VIH

A Marco A, in memoriam.

El pasado mes de junio falleció Marco A. Marco era esposo y padre, activista nacido en Italia pero afincado en Barcelona hacía mucho tiempo. Marco fue colaborador de nuestra revista en alguno de sus primeros números, allá por el año 98. Hacía tiempo que había perdido el contacto directo con él, pero me sentí impulsado a visitarle por última vez en el velatorio, acompañando a sus seres queridos y una vez allí, reflexionar sobre cómo abordamos la muerte de las personas con VIH en nuestra comunidad.
inaceptabilidad de la muerte por sida
A principios de la década de los años 90, Barcelona contó con un grupo denominado Act Up BCN en el que militó este redactor. Éramos entusiastas, ingenu@s y seguramente hipersensibles hasta la autodisolución, como así sucedió. También éramos radicalmente crític@s, o críticamente radicales, como se quiera ver.

Una de nuestras acciones recurrentes se inspiraba en la idea del funeral político, importada –como casi todo– de EE UU. Allí, algunas personas, activistas del VIH en trance de fallecer, pedían a sus colegas que portarán su ataúd, si les era permitido con la tapa descubierta, hasta una plaza o espacio público que acogiera la sede del poder político (el gobierno de turno) y lo depositaran lo más cerca posible. Se trataba de utilizar el propio cuerpo, incluso tras perder la vida, como instrumento para denunciar la homofobia, la narcofobia, el machismo, la inacción, la histeria social y la intolerancia.

En Barcelona nunca llegamos a contar con un cuerpo real, pero sí montamos cortejos fúnebres: tod@s vestidos de negro, con carteles y silbatos, portando ataúdes falsos y cruces confeccionadas con nuestras propias manos, tras una pancarta en la que se leía “Cementerio”. Los artilugios funerarios se depositaban en la Plaza Sant Jaume de la ciudad, sede del gobierno catalán con competencias plenas en el campo de la salud y el bienestar. En el mismo acto, nos extendíamos sobre el suelo, y un@s poc@s colegas dibujaban el contorno de nuestros cuerpos con tiza, que permanecía marcada sobre la superficie al levantarnos. Era una acción imaginativa, que necesitaba de pocos recursos, y de gran impacto visual y mediático.

Lo que queríamos expresar era muy simple: las personas con VIH no morían en realidad de SIDA, sino de ignorancia social, irresponsabilidad política, falta de programas educativos, inexistencia de recursos, barreras en la asistencia sanitaria, y de rechazo civil. No había voluntad pública, ni un paso decidido a favor de la prevención sin moralismos, ni de la asistencia integral y del cuidado respetuoso de las personas que vivían con VIH, lo que facilitaba la expansión de la epidemia y el estigma y la discriminación de amplios grupos de la población.

Pensé en esos años mientras velaba el cuerpo presente de Marco A. Marco falleció de complicaciones derivadas del VIH/SIDA con el que vivía, según el parte médico, pero después de reflexionar pienso que en realidad ésa no fue la causa, no al menos la original. Marco murió porque en nuestro país y en los de nuestro entorno, se tardaron años en implementar políticas efectivas de reducción de riesgos y daños en el uso de drogas, porque la moral social y religiosa impidió un acercamiento solidario y comprensivo al complejo comportamiento humano, porque a nadie le importaba ni la salud ni la vida de personas que fueron agolpadas en la infausta categoría de los llamados grupos de riesgo para negarles derechos humanos básicos.

Marco murió por la desidia, la ineficacia y el desdén de las varias formas de poder social e institucional. Por eso su muerte es inaceptable desde el punto de vista político: porque quienes tenían la obligación de comprenderle, ayudarle y protegerle desde sus responsabilidades públicas no lo hicieron, no pusieron los medios materiales, educativos y de apoyo que le hubieran permitido –a él y a tant@s otr@s– no adquirir el VIH y otras enfermedades que mermaron su salud y que acabaron finalmente con su vida.

Los humanos seguimos realizando rituales colectivos que nos permitan aceptar emocionalmente la muerte de seres queridos y de semejantes con l@s que nos identificamos. Eso es sin duda respetable, incluso dicen que positivo y saludable.

Pero cabría preguntarse si todavía hoy no existen razones para rechazar (políticamente) las muertes de las personas que viven con VIH. Deberíamos poner en cuestión si el VIH es una verdadera prioridad de las diferentes administraciones (¿por qué no se declara el VIH/SIDA un problema de Estado y se actúa en consecuencia?) y del conjunto de la sociedad, si los programas de prevención son valientes e innovadores y cuentan con suficientes recursos, si el fuerte grado de discriminación laboral, escolar, migratoria, cotidiana en torno al VIH recibe la respuesta adecuada por parte de los poderes públicos, si no será que el sexo y las drogas siguen atrapados en la dinámica del discurso moral, o que hombres y mujeres seguimos careciendo de modelos de relación equitativos y solidarios que nos permitan apoyarnos, y no utilizarnos mutuamente.

Cabría preguntarse si en definitiva la respuesta a la muerte por VIH no debería volver a politizarse, reservando el duelo y los sentimientos al espacio de la intimidad, lejos de la espectacularidad exhibicionista que impregna todo el imaginario colectivo (sólo hay que encender el televisor) y que torna banales nuestras muertes, y por ende nuestras vidas. Entonces comprobaríamos que el fallecimiento de todos los Marcos no es fruto de la fatalidad, sino un fracaso colectivo que nos reclama, imperiosamente y de nuevo, para la acción.

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