¿Pueden los programas de atribución de poder económico proporcionar a las mujeres la habilidad y capacidad necesarias para reducir el riesgo de infección por VIH?
Las zonas de chabolas de la ciudad de Nairobi (capital de Kenia) albergan a miles de chicas adolescentes y mujeres jóvenes, muchas de las cuales provienen de zonas rurales. Más de la mitad de las chicas de entre 15 y 17 años de esos suburbios vive sin sus progenitores y la inmensa mayoría no acude al colegio. Muchas son demasiado pobres como para pagar las tasas escolares, mientras que otras se ven obligadas a dejar la escuela para ocuparse del elevado número de familiares afectados por VIH/SIDA. Cuanto más pobres y aisladas están las chicas, mayor riesgo corren de infectarse por el virus.
Aquí, como en muchas otras zonas del mundo, las mujeres tienen una capacidad limitada para tratar la prevención del VIH en sus relaciones personales. La violencia por parte de la pareja, al igual que la pobreza, está estrechamente vinculada a un mayor riesgo de infección por el virus en el África subsahariana. Un estudio realizado en la Provincia Oriental del Cabo (Suráfica) mostró que aproximadamente el 30% de los hombres jóvenes declaró haber ejercido violencia física o sexual contra su principal pareja sentimental durante el año anterior. Por otro lado, estos mismos hombres también presentaron niveles de comportamiento de riesgo de infección por VIH significativamente superiores a los de sus equivalentes no violentos.
Es una prioridad establecer la igualdad de sexos en esas comunidades y esto va de la mano con la atribución de poder (lo que se conoce como ‘empoderamiento’) económico. “Si la gente joven cuenta con capacidad económica, cabe esperar que tengan más fuerza a la hora de negociar las relaciones sexuales”, afirma Evelyn Stark, una especialista en microfinanciación que trabaja en el Grupo Consultivo para Ayudar a los Pobres (CGAP, en sus siglas en inglés). El empoderamiento económico de las mujeres podría ayudarlas a salir de la pobreza, a ganar independencia personal, a rechazar proposiciones sexuales no deseadas y a negociar con éxito el uso del condón, todo lo cual contribuirá, según esperan algunos expertos, a que se produzca una reducción de la transmisión del VIH.
Un modo de proporcionar capacidad e independencia económica a las mujeres es mediante iniciativas en el campo de las microfinanciación. La idea es conceder a las mujeres pequeños créditos (por lo general, de unos pocos cientos de dólares), que podrían suponer el punto de apoyo que necesitan para montar algún negocio. Los programas de microfinanciación ya han servido para ofrecer una oportunidad económica a millones de mujeres en todo el mundo. Actualmente, un grupo de investigadores está poniendo a prueba la hipótesis de que estos programas pueden fomentar también la creación de un entorno que empodere a las mujeres en sus relaciones sexuales. El empoderamiento femenino podría generar cambios sociales que, a su vez, podrían despertar la conciencia pública sobre el problema del SIDA y ayudar a estabilizar la epidemia en el África subsahariana, donde el 75% de todas las nuevas infecciones por VIH se produce en mujeres de entre 15 y 24 años.
Es característico de los programas de microfinanciación ofrecer pequeños créditos, ahorros o algún otro tipo de producto financiero, incluyendo créditos y seguros, a aquellas personas que, históricamente, no han podido acceder a ellos porque carecían de los avales (propiedades o ahorros personales) que exigen los bancos y las instituciones de crédito. En los años setenta, el microcrédito emergió como un modo viable de estimular el desarrollo económico entre la gente pobre. Desde entonces, se ha aplicado con éxito en todo el mundo. El pionero de este concepto es Muhammad Yunus, fundador del Banco Grameen de Bangladesh y galardonado, en 2006, con el premio Nobel de la Paz.
En los programas de microfinanciación, se pueden conceder préstamos directamente a título individual o también a pequeños grupos de prestatarios colectivos. Si bien existen muchos modos de gestionar un programa de microcréditos, uno de los más populares se basa en el concepto del “préstamo grupal”, en donde los prestatarios agrupan sus ahorros como aval del crédito. Aunque los créditos se conceden a personas, es el grupo el que se responsabiliza, en última estancia, de su devolución. El éxito de los programas de microfinanciación (las tasas de devolución, por regla general, superan ampliamente el 90%) depende, en gran medida, de la presión del grupo para que se pague el préstamo. Los primeros programas de microfinanciación se centraron más en los créditos y menos en la formación o la educación, pero, con el tiempo, se hizo más habitual la combinación de los servicios crediticios con la formación en desarrollo de empresas, la alfabetización y el desarrollo de habilidades comunitarias, de modo que la gente más pobre pueda beneficiarse del préstamo.
A primera vista, no parece que los programas de microfinanciación y los de VIH/SIDA tengan mucho en común, pero los activistas en las iniciativas de microfinanciación, especialmente en los países del África subsahariana (donde la prevalencia del SIDA es abrumadora), no pueden ignorar la conexión entre ambos. Los programas de crédito se resienten cuando los participantes o empleados enferman o deben abandonar sus negocios para atender a familiares seropositivos.
La popularidad de los programas de microfinanciación también los convierte en excelentes oportunidades para hacer llegar a las personas mensajes sobre la prevención del VIH. En Mozambique, hay 32 programas de microfinanciación que implican a unos 100.000 clientes. “Esto constituye una plataforma increíble para la realización de una amplia gama de intervenciones sobre la salud pública, en general, y el VIH/SIDA, en particular”, declara Guy Winship, que vinculó la educación sobre el VIH/SIDA y los microcréditos durante su etapa de director gerente de FINCA Uganda (una de las mayores organizaciones de microfinanciación del país). Como resultado, tanto la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE UU (USAID, en sus siglas en inglés) como otras organizaciones apoyan actualmente la integración de los programas de microfinanciación y de educación sobre el VIH/SIDA.
Educar a las mujeres sobre el VIH/SIDA constituye un paso importante, pero numerosos investigadores de la salud pública esperan que los programas sobre microfinanciación puedan ir incluso más allá, ayudando a las mujeres a mejorar su autoestima y a obtener una capacidad de negociación de la que carecen profundamente en sus relaciones personales.
La promoción del empoderamiento femenino constituye el objetivo de un programa que se encuentra hoy en día en marcha en Suráfrica, denominado Intervención con Microfinanciación para el SIDA y la Igualdad de Género (IMAGE, en sus siglas en inglés).
Este empoderamiento implica la adquisición de conocimientos y comprensión de las relaciones de género, el desarrollo de un sentido de la autoestima y del derecho a controlar la propia vida, así como de la habilidad de negociar y la capacidad de crear un orden económico y social más justo. El estudio IMAGE combina la educación sobre la salud basada en el género que lleva a cabo la Investigación para la Acción sobre el VIH y el Desarrollo Rural (RADAR, en sus siglas en inglés), un programa de colaboración entre la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo, Suráfrica) y la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres (Reino Unido), con los microcréditos concedidos por la Fundación Pequeña Empresa (SEF, en sus siglas en inglés), encargada de adjudicarlos. “Queríamos emparejar la microfinanciación con la formación específica sobre género y VIH”, afirma Julia Kim, investigadora destacada en RADAR.
En el estudio IMAGE, las mujeres participaron en un programa de microfinanciación en el que recibieron créditos de ayuda para iniciar pequeños negocios y también asistieron de forma rutinaria a sesiones educativas que abordaron temas como la atención sanitaria, las relaciones de género y la prevención del VIH. El proyecto fue diseñado como un ensayo de reparto aleatorio y el equipo de investigadores realizó el seguimiento de miles de hogares a lo largo de un periodo de 2-3 años en la provincia de Limpopo (una región rural de Suráfrica). Tras dos años de seguimiento, el grupo de expertos utilizó cuestionarios para evaluar el efecto directo de la intervención combinada sobre el bienestar económico de las participantes, sus niveles de empoderamiento y las tasas de violencia dentro de la pareja. También se valoró el riesgo de adquirir el VIH entre las participantes femeninas consideradas en situación de mayor riesgo, en este caso, las menores de 35 años.
Los resultados fueron alentadores. Los investigadores descubrieron que los hogares que percibieron los préstamos y la formación mejoraron tanto su nivel económico como el de empoderamiento, según unos marcadores prefijados que incluyeron, entre otros, la autoconfianza, la voluntad de enfrentarse a las normas de género, la autonomía en la toma de decisiones, la percepción de su contribución en el hogar y el estado de su relación. Por otro lado, los niveles de violencia dentro de la pareja disminuyeron en un 55% en los hogares que recibieron préstamos y formación.
Además, entre las mujeres menores de 35 años se observó un aumento significativo de realización de counselling y pruebas del VIH voluntarios (VCT, en sus siglas en inglés), unos mayores niveles de uso de condones con parejas no cónyuges y una mejora de la comunicación sobre el VIH/SIDA en sus hogares, según declaró Kim.
En realidad, los programas de microfinanciación, por sí mismos, no siempre reducen la pobreza. Y aun en el caso de que otorguen independencia económica a las mujeres, esto por sí solo no les permite obtener automáticamente el control de su propia salud sexual y reproductiva. En algunos casos, los programas incluso pueden dificultar todavía más este control. Esto quedó patente en un programa, conocido como SHAZ (siglas en inglés de Dar Forma a la Salud de los Adolescentes en Zimbabue), en el que se intentó empoderar a las mujeres jóvenes en sus relaciones sexuales a través de un programa de microfinanciación. En muchos casos, el hecho de contar con ingresos hizo que las chicas de este programa fueran objeto de más insinuaciones sexuales que antes, ya que atrajeron la atención de los hombres de la comunidad. Como escribió el año pasado la periodista Helen Epstein en su libro La cura invisible: “Los investigadores no previeron que su programa de ‘empoderamiento’ de esas mujeres pobres estaba realmente colocándolas justo en el camino de paso del VIH.”
Los investigadores descubrieron que las redes sociales establecidas por las chicas fueron las que ofrecieron los mayores beneficios y que muchas participantes manifestaron tener un mayor conocimiento de las prácticas de sexo seguro al finalizar el estudio. “No es sólo el dinero lo que les da recursos”, afirma Epstein, sino también –añade– “la solidaridad y el apoyo colectivos que se prestan entre ellas. Esto se debe a que se unen a través de un programa organizado o de forma espontánea mediante una especie de movimiento social en favor de los derechos de las mujeres”.
A una conclusión similar llegaron los investigadores implicados en otro programa de microfinanciación denominado Tap and Reposition Youth (TRY), que proporcionó educación empresarial, participación de mentores y pequeños créditos a chicas jóvenes que viven en los suburbios de Nairobi (Kenia). Este programa forma parte de una iniciativa, en varias fases, realizada por Population Council e implementada por la Agencia de Desarrollo K-Rep (KDA, en sus siglas en inglés), una institución keniana de microfinanciación.
A través de contactos en iglesias y grupos de jóvenes, el programa TRY inscribió a 25 mujeres de entre 16 y 22 años de edad, con el fin de establecer grupos de préstamo de cinco personas. Sólo el 12% de las participantes vivía con ambos progenitores, mientras que otras vivían en hogares monoparentales, eran ellas mismas las responsables del hogar o vivían con un novio o marido. La cuarta parte de las chicas declaró haber intercambiado sexo por dinero, regalos o por el alquiler. Al aumentar la pobreza, crece la probabilidad de que la primera experiencia sexual no haya sido consentida, se haya producido a una edad más temprana y que no implicara el uso de condón. “Hay chicas que, después de haber estado participando en programas de educación sobre VIH durante mucho tiempo, te dicen: ‘Tuve que practicar sexo sin condón con mi novio porque necesitaba pagar el alquiler’, afirma Judith Bruce de Population Council. “Cuentan con toda la información; simplemente, son vulnerables económicamente”, concluye.
Todas las participantes realizaron un curso de formación de seis días sobre planificación empresarial, habilidades sociales y roles de género antes de que empezaran a contribuir con pequeñas cantidades de dinero semanales a una cuenta de ahorro colectiva, que sirvió de aval para un préstamo. Después de garantizar el crédito, se permitió que cada participante tomara una parte del dinero (entre 40 y 200 dólares) en turnos rotatorios, a fin de poder establecer pequeños negocios, como puestos de comidas. El programa tuvo un arranque firme, pero con el tiempo las tasas de devoluciones de los préstamos comenzaron a disminuir. Las chicas abandonaron el programa para proteger sus ahorros y, en un momento dado, los responsables de los créditos exigieron que hubiera un adulto para avalar el crédito en el caso de que una chica incumpliera el pago. Esto tuvo como consecuencia no deseada que aumentara, en vez de disminuir, la vulnerabilidad de las chicas.
No obstante, este programa también ha supuesto algunos beneficios. “Debido a las limitaciones, los hallazgos no son concluyentes, pero existen indicios que apuntan a que entre las chicas para las que las microfinanciaciones resultan adecuadas, éstas podrían suponerles un aumento de su capacidad de negociación en sus relaciones, incluyendo el pacto de prácticas sexuales más seguras y consensuadas”, afirma Annabel Erulkar, de Population Council, que colaboró en el proyecto TRY.
Aunque, probablemente, las microfinanciaciones no sean una varita mágica para reducir la transmisión del VIH, la combinación de unos programas de microfinanciación orientados a determinadas poblaciones junto con otros dirigidos en líneas generales a la modificación de las normas sociales podría ayudar a cambiar la vulnerabilidad de chicas y jóvenes. Ésta es una vía más con la que los investigadores intentan impedir la propagación de la epidemia en el África subsahariana.
Aquí, como en muchas otras zonas del mundo, las mujeres tienen una capacidad limitada para tratar la prevención del VIH en sus relaciones personales. La violencia por parte de la pareja, al igual que la pobreza, está estrechamente vinculada a un mayor riesgo de infección por el virus en el África subsahariana. Un estudio realizado en la Provincia Oriental del Cabo (Suráfica) mostró que aproximadamente el 30% de los hombres jóvenes declaró haber ejercido violencia física o sexual contra su principal pareja sentimental durante el año anterior. Por otro lado, estos mismos hombres también presentaron niveles de comportamiento de riesgo de infección por VIH significativamente superiores a los de sus equivalentes no violentos.
Es una prioridad establecer la igualdad de sexos en esas comunidades y esto va de la mano con la atribución de poder (lo que se conoce como ‘empoderamiento’) económico. “Si la gente joven cuenta con capacidad económica, cabe esperar que tengan más fuerza a la hora de negociar las relaciones sexuales”, afirma Evelyn Stark, una especialista en microfinanciación que trabaja en el Grupo Consultivo para Ayudar a los Pobres (CGAP, en sus siglas en inglés). El empoderamiento económico de las mujeres podría ayudarlas a salir de la pobreza, a ganar independencia personal, a rechazar proposiciones sexuales no deseadas y a negociar con éxito el uso del condón, todo lo cual contribuirá, según esperan algunos expertos, a que se produzca una reducción de la transmisión del VIH.
Un modo de proporcionar capacidad e independencia económica a las mujeres es mediante iniciativas en el campo de las microfinanciación. La idea es conceder a las mujeres pequeños créditos (por lo general, de unos pocos cientos de dólares), que podrían suponer el punto de apoyo que necesitan para montar algún negocio. Los programas de microfinanciación ya han servido para ofrecer una oportunidad económica a millones de mujeres en todo el mundo. Actualmente, un grupo de investigadores está poniendo a prueba la hipótesis de que estos programas pueden fomentar también la creación de un entorno que empodere a las mujeres en sus relaciones sexuales. El empoderamiento femenino podría generar cambios sociales que, a su vez, podrían despertar la conciencia pública sobre el problema del SIDA y ayudar a estabilizar la epidemia en el África subsahariana, donde el 75% de todas las nuevas infecciones por VIH se produce en mujeres de entre 15 y 24 años.
Microfinanciación y VIH
Es característico de los programas de microfinanciación ofrecer pequeños créditos, ahorros o algún otro tipo de producto financiero, incluyendo créditos y seguros, a aquellas personas que, históricamente, no han podido acceder a ellos porque carecían de los avales (propiedades o ahorros personales) que exigen los bancos y las instituciones de crédito. En los años setenta, el microcrédito emergió como un modo viable de estimular el desarrollo económico entre la gente pobre. Desde entonces, se ha aplicado con éxito en todo el mundo. El pionero de este concepto es Muhammad Yunus, fundador del Banco Grameen de Bangladesh y galardonado, en 2006, con el premio Nobel de la Paz.
En los programas de microfinanciación, se pueden conceder préstamos directamente a título individual o también a pequeños grupos de prestatarios colectivos. Si bien existen muchos modos de gestionar un programa de microcréditos, uno de los más populares se basa en el concepto del “préstamo grupal”, en donde los prestatarios agrupan sus ahorros como aval del crédito. Aunque los créditos se conceden a personas, es el grupo el que se responsabiliza, en última estancia, de su devolución. El éxito de los programas de microfinanciación (las tasas de devolución, por regla general, superan ampliamente el 90%) depende, en gran medida, de la presión del grupo para que se pague el préstamo. Los primeros programas de microfinanciación se centraron más en los créditos y menos en la formación o la educación, pero, con el tiempo, se hizo más habitual la combinación de los servicios crediticios con la formación en desarrollo de empresas, la alfabetización y el desarrollo de habilidades comunitarias, de modo que la gente más pobre pueda beneficiarse del préstamo.
A primera vista, no parece que los programas de microfinanciación y los de VIH/SIDA tengan mucho en común, pero los activistas en las iniciativas de microfinanciación, especialmente en los países del África subsahariana (donde la prevalencia del SIDA es abrumadora), no pueden ignorar la conexión entre ambos. Los programas de crédito se resienten cuando los participantes o empleados enferman o deben abandonar sus negocios para atender a familiares seropositivos.
La popularidad de los programas de microfinanciación también los convierte en excelentes oportunidades para hacer llegar a las personas mensajes sobre la prevención del VIH. En Mozambique, hay 32 programas de microfinanciación que implican a unos 100.000 clientes. “Esto constituye una plataforma increíble para la realización de una amplia gama de intervenciones sobre la salud pública, en general, y el VIH/SIDA, en particular”, declara Guy Winship, que vinculó la educación sobre el VIH/SIDA y los microcréditos durante su etapa de director gerente de FINCA Uganda (una de las mayores organizaciones de microfinanciación del país). Como resultado, tanto la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE UU (USAID, en sus siglas en inglés) como otras organizaciones apoyan actualmente la integración de los programas de microfinanciación y de educación sobre el VIH/SIDA.
Empoderamiento de las mujeres
Educar a las mujeres sobre el VIH/SIDA constituye un paso importante, pero numerosos investigadores de la salud pública esperan que los programas sobre microfinanciación puedan ir incluso más allá, ayudando a las mujeres a mejorar su autoestima y a obtener una capacidad de negociación de la que carecen profundamente en sus relaciones personales.
La promoción del empoderamiento femenino constituye el objetivo de un programa que se encuentra hoy en día en marcha en Suráfrica, denominado Intervención con Microfinanciación para el SIDA y la Igualdad de Género (IMAGE, en sus siglas en inglés).
Este empoderamiento implica la adquisición de conocimientos y comprensión de las relaciones de género, el desarrollo de un sentido de la autoestima y del derecho a controlar la propia vida, así como de la habilidad de negociar y la capacidad de crear un orden económico y social más justo. El estudio IMAGE combina la educación sobre la salud basada en el género que lleva a cabo la Investigación para la Acción sobre el VIH y el Desarrollo Rural (RADAR, en sus siglas en inglés), un programa de colaboración entre la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo, Suráfrica) y la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres (Reino Unido), con los microcréditos concedidos por la Fundación Pequeña Empresa (SEF, en sus siglas en inglés), encargada de adjudicarlos. “Queríamos emparejar la microfinanciación con la formación específica sobre género y VIH”, afirma Julia Kim, investigadora destacada en RADAR.
En el estudio IMAGE, las mujeres participaron en un programa de microfinanciación en el que recibieron créditos de ayuda para iniciar pequeños negocios y también asistieron de forma rutinaria a sesiones educativas que abordaron temas como la atención sanitaria, las relaciones de género y la prevención del VIH. El proyecto fue diseñado como un ensayo de reparto aleatorio y el equipo de investigadores realizó el seguimiento de miles de hogares a lo largo de un periodo de 2-3 años en la provincia de Limpopo (una región rural de Suráfrica). Tras dos años de seguimiento, el grupo de expertos utilizó cuestionarios para evaluar el efecto directo de la intervención combinada sobre el bienestar económico de las participantes, sus niveles de empoderamiento y las tasas de violencia dentro de la pareja. También se valoró el riesgo de adquirir el VIH entre las participantes femeninas consideradas en situación de mayor riesgo, en este caso, las menores de 35 años.
Los resultados fueron alentadores. Los investigadores descubrieron que los hogares que percibieron los préstamos y la formación mejoraron tanto su nivel económico como el de empoderamiento, según unos marcadores prefijados que incluyeron, entre otros, la autoconfianza, la voluntad de enfrentarse a las normas de género, la autonomía en la toma de decisiones, la percepción de su contribución en el hogar y el estado de su relación. Por otro lado, los niveles de violencia dentro de la pareja disminuyeron en un 55% en los hogares que recibieron préstamos y formación.
Además, entre las mujeres menores de 35 años se observó un aumento significativo de realización de counselling y pruebas del VIH voluntarios (VCT, en sus siglas en inglés), unos mayores niveles de uso de condones con parejas no cónyuges y una mejora de la comunicación sobre el VIH/SIDA en sus hogares, según declaró Kim.
¿Panacea?
A pesar de estos resultados positivos, existe una preocupación porque se produzcan exageraciones en torno a la capacidad que tiene la microfinanciación como mecanismo de empoderamiento de las mujeres, afirma Stephanie Urdang, de Rwanda Gift for Live. “Si una mujer puede conseguir apoyo sobre cómo generar ingresos –afirma Urdang–, entonces se situará en una posición claramente más firme para afrontar la violencia, ser independiente y tomar sus propias decisiones. Sin embargo, en ocasiones, la gente ha visto esto como una panacea, considerando que lo único que las mujeres necesitan es un empujoncito y que, una vez tienen ingresos, pueden avanzar por sí mismas y tomar las riendas de sus vidas.”En realidad, los programas de microfinanciación, por sí mismos, no siempre reducen la pobreza. Y aun en el caso de que otorguen independencia económica a las mujeres, esto por sí solo no les permite obtener automáticamente el control de su propia salud sexual y reproductiva. En algunos casos, los programas incluso pueden dificultar todavía más este control. Esto quedó patente en un programa, conocido como SHAZ (siglas en inglés de Dar Forma a la Salud de los Adolescentes en Zimbabue), en el que se intentó empoderar a las mujeres jóvenes en sus relaciones sexuales a través de un programa de microfinanciación. En muchos casos, el hecho de contar con ingresos hizo que las chicas de este programa fueran objeto de más insinuaciones sexuales que antes, ya que atrajeron la atención de los hombres de la comunidad. Como escribió el año pasado la periodista Helen Epstein en su libro La cura invisible: “Los investigadores no previeron que su programa de ‘empoderamiento’ de esas mujeres pobres estaba realmente colocándolas justo en el camino de paso del VIH.”
Los investigadores descubrieron que las redes sociales establecidas por las chicas fueron las que ofrecieron los mayores beneficios y que muchas participantes manifestaron tener un mayor conocimiento de las prácticas de sexo seguro al finalizar el estudio. “No es sólo el dinero lo que les da recursos”, afirma Epstein, sino también –añade– “la solidaridad y el apoyo colectivos que se prestan entre ellas. Esto se debe a que se unen a través de un programa organizado o de forma espontánea mediante una especie de movimiento social en favor de los derechos de las mujeres”.
A una conclusión similar llegaron los investigadores implicados en otro programa de microfinanciación denominado Tap and Reposition Youth (TRY), que proporcionó educación empresarial, participación de mentores y pequeños créditos a chicas jóvenes que viven en los suburbios de Nairobi (Kenia). Este programa forma parte de una iniciativa, en varias fases, realizada por Population Council e implementada por la Agencia de Desarrollo K-Rep (KDA, en sus siglas en inglés), una institución keniana de microfinanciación.
A través de contactos en iglesias y grupos de jóvenes, el programa TRY inscribió a 25 mujeres de entre 16 y 22 años de edad, con el fin de establecer grupos de préstamo de cinco personas. Sólo el 12% de las participantes vivía con ambos progenitores, mientras que otras vivían en hogares monoparentales, eran ellas mismas las responsables del hogar o vivían con un novio o marido. La cuarta parte de las chicas declaró haber intercambiado sexo por dinero, regalos o por el alquiler. Al aumentar la pobreza, crece la probabilidad de que la primera experiencia sexual no haya sido consentida, se haya producido a una edad más temprana y que no implicara el uso de condón. “Hay chicas que, después de haber estado participando en programas de educación sobre VIH durante mucho tiempo, te dicen: ‘Tuve que practicar sexo sin condón con mi novio porque necesitaba pagar el alquiler’, afirma Judith Bruce de Population Council. “Cuentan con toda la información; simplemente, son vulnerables económicamente”, concluye.
Todas las participantes realizaron un curso de formación de seis días sobre planificación empresarial, habilidades sociales y roles de género antes de que empezaran a contribuir con pequeñas cantidades de dinero semanales a una cuenta de ahorro colectiva, que sirvió de aval para un préstamo. Después de garantizar el crédito, se permitió que cada participante tomara una parte del dinero (entre 40 y 200 dólares) en turnos rotatorios, a fin de poder establecer pequeños negocios, como puestos de comidas. El programa tuvo un arranque firme, pero con el tiempo las tasas de devoluciones de los préstamos comenzaron a disminuir. Las chicas abandonaron el programa para proteger sus ahorros y, en un momento dado, los responsables de los créditos exigieron que hubiera un adulto para avalar el crédito en el caso de que una chica incumpliera el pago. Esto tuvo como consecuencia no deseada que aumentara, en vez de disminuir, la vulnerabilidad de las chicas.
No obstante, este programa también ha supuesto algunos beneficios. “Debido a las limitaciones, los hallazgos no son concluyentes, pero existen indicios que apuntan a que entre las chicas para las que las microfinanciaciones resultan adecuadas, éstas podrían suponerles un aumento de su capacidad de negociación en sus relaciones, incluyendo el pacto de prácticas sexuales más seguras y consensuadas”, afirma Annabel Erulkar, de Population Council, que colaboró en el proyecto TRY.
Aunque, probablemente, las microfinanciaciones no sean una varita mágica para reducir la transmisión del VIH, la combinación de unos programas de microfinanciación orientados a determinadas poblaciones junto con otros dirigidos en líneas generales a la modificación de las normas sociales podría ayudar a cambiar la vulnerabilidad de chicas y jóvenes. Ésta es una vía más con la que los investigadores intentan impedir la propagación de la epidemia en el África subsahariana.



