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  1. VAX: Boletín sobre Vacunas del SIDA 4, abril 2007

Mantener el talento en casa

Hay programas que intentan evitar la fuga de cerebros en el campo de la investigación de países en desarrollo.

Hace varios años, a la doctora Veronica Mulenda, una médica de Zambia, se le ofreció una beca de formación en investigación de dos años en la Universidad de Miami (EE UU). Allí se formó como investigadora en unas instalaciones punteras. Pero cuando volvió a casa, la situación era notablemente diferente. Mulenga, actualmente una pediatra que realiza consultas en el Hospital de Formación Universitaria en Lusaka, realiza investigación clínica sobre el tratamiento de niños con VIH. Aunque ella tomó la decisión de permanecer allí con unas condiciones de investigación y de laboratorio que distan de ser ideales, muchos de sus colegas no lo hicieron. En vez de eso, han abandonado el país para trabajar en otro lado. “Se sienten frustrados por los sistemas a los que regresan”, afirma. “Muchas personas vuelven y después se marchan de nuevo.”

Este fenómeno de trabajadores especializados que abandonan sus puestos en países pobres en recursos a menudo se conoce como fuga de cerebros y cada vez suscita más atención internacional. Ahora existen conferencias, declaraciones y programas dedicados a limitar esta fuga de cerebros. La mayoría de estos esfuerzos se han centrado en los trabajadores sanitarios, incluyendo médicos y enfermeros, debido a la escasez que se ha puesto en evidencia tras el reciente escalado masivo de los programas del tratamiento del SIDA en los países en desarrollo. Sin embargo, se está prestando relativamente poca atención a lo que muchos consideran un fenómeno similar y relacionado que se está produciendo en el sector de la investigación. Los indicios sugieren que una proporción significativa de investigadores biomédicos y clínicos de los países en desarrollo abandona su país de origen o nunca regresa tras recibir formación en el extranjero. Como resultado, se produce una escasez de científicos cualificados necesarios para investigar problemas sanitarios de importancia nacional, seguir el curso de las enfermedades, evaluar programas clínicos, colaborar con investigadores internacionales, mejorar los sistemas sanitarios, informar sobre las políticas públicas y formar a sucesivas generaciones de investigadores y técnicos.

Problema a gran escala


Estados Unidos cuenta con un número de científicos e ingenieros en activo mayor que cualquier otro país, pero más de la mitad de los que poseen grados avanzados han nacido fuera. Según las cifras del censo de EE UU, muchas de estas personas provienen principalmente de países de ingresos bajos y medios. La situación es similar en otros países desarrollados. Más de dos tercios de los investigadores mundiales viven en países desarrollados, mientras que un número asombrosamente bajo vive en los países menos desarrollados, sólo 4,5 investigadores por cada millón de habitantes, frente a 374 investigadores por millón de habitantes en otros países en desarrollo y 3.272 por millón de habitantes en los países en desarrollo.

Sin embargo, una poderosa capacidad en investigación y desarrollo en el campo de la ciencia y la tecnología está estrechamente relacionada con el desarrollo económico. Los líderes de las naciones altamente industrializadas se han ido preocupando cada vez más sobre la pérdida de sus propios investigadores formados. En los últimos años, la Unión Europea ha realizado diversos e importantes esfuerzos para evitar la fuga de cerebros de investigadores biomédicos europeos hacia EE UU. En algunos países, entre ellos China y la India, los líderes políticos se están esforzando en construir un grupo de trabajo en investigación en la convicción de que ello contribuirá a un desarrollo sostenido.

Talento casero


Destacado: Cita de Job BwayoPor lo que respecta a los países en desarrollo, existen muchos motivos por los que son necesarios los investigadores nacidos allí: “Nos encontramos en una mejor posición para conocer enfermedades que son muy habituales aquí y que nos importan y que, por tanto, tienen que ser investigadas”, afirma Mulenga. La capacidad de establecer prioridades de investigación nacional (y destinarles fondos) puede ser crítica en los países en desarrollo debido a que muchos de los principales problemas médicos que afectan a sus poblaciones por lo general no entran dentro de los intereses de las instituciones de investigación de los países del norte. Este problema ha sido denominado como el desfase “10/90”, con estudios que reflejan que, en los años 80 y 90, menos del 10% del dinero mundial invertido en investigación en salud fue empleado para investigar el 90% de los problemas sanitarios del mundo.

Las proporciones quizá estén cambiando ahora al aumentar el apoyo a los programas sobre SIDA, tuberculosis y malaria, pero aún existe un claro desequilibrio. Según un grupo de expertos en COHRED (siglas en inglés de Consejo sobre Investigación en Salud para el Desarrollo, una organización con sede en Suiza dedicada al desarrollo de capacidades para la investigación en salud en países con pocos recursos), aún persiste un déficit de inversión en investigación sanitaria relacionada con problemas habituales en países de ingresos bajos y medios.

En ocasiones, los intereses en investigación médica de países desarrollados y en desarrollo coinciden, como ocurre en los casos del VIH/SIDA y tuberculosis. Sin embargo, de nuevo aquí, la existencia de investigadores con alta formación en los países en desarrollo ofrece claras ventajas. Como colaboradores pueden facilitar la realización de investigación en sus países de origen, entornos con una alta prevalencia de la infección y donde nuevos fármacos, diagnósticos o vacunas podrían un día resultar más útiles. “Respecto a las personas estudiadas, tienes ventaja para conocerlas, conocer su cultura y la manera en la que comprenden las cosas”, afirma Mulenga. Esto ayuda a los investigadores autóctonos a asegurar que los voluntarios prospectivos reciben la información que necesitan para otorgar un consentimiento realmente informado (véase ‘Cuestiones Básicas’ del VAX de junio de 2005 sobre ‘Entender el Consentimiento Informado’).

Implicar a estos investigadores también aumenta la potencial confianza de los voluntarios en el programa de investigación, afirma Pat Fast, directora de asuntos médicos de IAVI. “Deseamos que poblaciones y gobiernos confíen en que la investigación se realiza adecuadamente, tanto desde el punto de vista ético como científico”, afirma. “La mejor forma de conseguirlo es que investigadores del país o región realicen la investigación.”

La fuga


La fuga de cerebros a menudo se produce debido a factores que conducen a los investigadores fuera de sus trabajos o países natales. Numerosos investigadores jóvenes dejan sus países en busca de estudios avanzados y no vuelven a casa. Otros se van por las perspectivas de mejoras en su carrera, que a menudo son limitadas en sus países de origen. Las malas condiciones de trabajo en algunos países en desarrollo también provocan que los investigadores se dirijan a países más ricos.

Según el Foro Africano de Investigación en Salud (AfHRF, en sus siglas en inglés), los países africanos gastan en promedio menos del 0,5% de sus presupuestos nacionales de salud en investigación. La escasez de suministros y equipamientos, la mala gestión y un número insuficiente de personal técnico pasan factura en la productividad de la investigación, afirma el profesor Job Bwayo, investigador principal de la Iniciativa Keniata por una Vacuna del SIDA (KAVI, en sus siglas en inglés) en Nairobi.

Otra queja entre los científicos es que los elaboradores de políticas tienden a ignorar o poner en duda sus hallazgos. Esto también contribuye a la fuga de cerebros. “Si realizas investigación y no ves que se tomen acciones, quieres irte a otro lado”, afirma Carel IJsselmuiden, director de COHRED.

Las diferencias salariales también juegan un papel destacado en la fuga de cerebros. Los salarios de los investigadores son notoriamente bajos en algunos países en desarrollo. La necesidad de conseguir un salario para ganarse la vida hace que algunos científicos formados abandonen la investigación y ocupen otros trabajos en sus países, lo que en ocasiones se denomina “fuga de cerebros interna”. Este término también se emplea en ocasiones para describir a los investigadores que abandonan la investigación para el gobierno en favor de puestos en iniciativas de investigación internacional u organizaciones no gubernamentales (ONG) que trabajan en el país y que ofrecen sueldos más altos, un tema controvertido.

Ganancia de cerebros


Numerosos estudios han descubierto que la mayoría de los profesionales expatriados desean regresar a sus propios países y contribuir de algún modo en ellos. Pero a menudo declaran que no saben cómo y que sus países natales no han sabido llegar hasta ellos. “Estos científicos deberían ser apoyados y animados a regresar y participar en la investigación en sus propios países”, afirma Bwayo. Dice que los científicos que trabajan en el extranjero también pueden ser mentores y enseñar a la siguiente generación. Se han establecido numerosos programas para ayudar a que los expatriados compartan sus habilidades en sus países de origen y algunos gobiernos ya están prometiendo altos salarios para atraer a sus científicos de vuelta a casa.

Se están tomando pasos para contrarrestar la fuga de cerebros mucho antes, empezando por la educación inicial que recibe un científico. Los programas de formación, que solían suponer varios años en el extranjero en Europa o EE UU, son ofrecidos en cada vez mayor medida por países en desarrollo como Brasil, Nigeria, Kenia, Mali, Tailandia, Malasia y Filipinas. Y los investigadores que reciben apoyo financiero de sus gobiernos o donantes internacionales para formarse fuera de sus países natales a menudo acuerdan por adelantado regresar al hogar y trabajar durante un tiempo asignado.

Varios grupos, incluyendo la Organización Mundial de la Salud, los Institutos de Salud Nacional de EE UU y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de EE UU, también están ayudando a formar y apoyar a los científicos locales. La AfHRF y otras instituciones en países en desarrollo se encuentran implicadas de modo similar en el desarrollo de capacidades, mejorando la calidad de las colaboraciones y otorgando voz a los investigadores en países en desarrollo para establecer e implementar la agenda mundial de investigación en salud.

Algunos científicos de países en desarrollo declaran que colaborar con equipos bien financiados de investigadores extranjeros ha hecho mucho más fácil para ellos permanecer en sus países. Bwayo de KAVI afirma que la colaboración internacional con IAVI ha aportado suministros, equipos, reactivos, formación, presentaciones en encuentros internacionales e, igualmente importante, apoyo salarial.

Pero las colaboraciones internacionales también comportan problemas y frustraciones para los científicos nacionales. En algunos casos, las ONG controlan los detalles desde el principio hasta el final. “Tienen su propia agenda de investigación y las personas locales no participan en cómo debería ser”, afirma Bwayo. “Sólo emplean a la población local como fachada para que les permitan a ellos realizar investigación en el país.” Algunos científicos nacionales también se quejan de que los programas internacionales tienden a colaborar con los mismos investigadores y por tanto, limitan el potencial de desarrollar capacidades en generaciones de científicos más jóvenes.

Mirando al futuro


Investigadores del norte y del sur han aprendido de estas experiencias y muchos reconocen ahora que el respeto mutuo y el desarrollo de capacidades son temas críticos para conseguir colaboraciones exitosas. “Lo más importante en lo que todos debemos ayudar es proporcionar una trayectoria profesional para los investigadores que quieran quedarse en sus países”, afirma Fast. Esto implica apoyar tanto a los investigadores como a sus instituciones. “No se trata de algo que una organización investigadora pueda lograr completamente.”

IJsselmuiden está de acuerdo. Señala que algunos países en desarrollo mantienen docenas de contratos de investigación con una variedad de agencias de financiación y los distintos esfuerzos están descoordinados. Un enfoque más eficiente y sostenible sería que los donantes trabajasen juntos para apoyar la infraestructura de investigación, incluyendo universidades y quizás centros regionales de excelencia. De ese modo, un epidemiólogo formado en el contexto de un ensayo de vacuna del SIDA podría transferir sus habilidades a otro programa de investigación una vez el ensayo original se haya completado.

Finalmente, no obstante, el equilibrio entre la fuga y la ganancia de cerebros dependerá de las decisiones individuales de los propios investigadores. Job Bwayo, al igual que Veronica Mulenga, ha decidido centrar sus esfuerzos en su hogar. “Puedo realizar mi máxima contribución a este país trabajando en este país”, afirma. “No quiero irme nunca.” Con una epidemia de SIDA que cada vez se cobra un tributo más alto en el talento del continente, es de esperar que un número mayor de científicos sientan lo mismo.

Este artículo fue documentado y escrito originalmente para IAVI Report en diciembre de 2006. Trágicamente, el profesor Job Bwayo fue asesinado en Kenia el 4 de febrero de 2007. Puedes consultar la nota necrológica [en inglés] en www.iavireport.org/Issues/Issue11-1/Bwayo.asp.

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